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¡Mirad cuán grande es el amor del Padre!

¡Mirad cuán grande es el amor del Padre!

De las revelaciones del Padre celestial a la madre Eugenia E. Ravasio

Dios te mira, quienquiera que seas, tal como eres, personalmente. Te «llama por tu nombre». Te ve y te comprende como te creó. Sabe lo que hay en ti: todo tu sentir, tu pensar, tus disposiciones y tus deseos, tu fuerza y tu debilidad. Te ve en tu día de alegría y en tu día de tristeza. Comparte tus esperanzas y tus pruebas: toma parte en tus temores y recuerdos, en todo ascenso y caída de tu espíritu. Te rodea por todas partes y te lleva en sus brazos. Lee en tus rasgos si sonríen o si llevan lágrimas, si florecen de salud o se marchitan en la enfermedad. Mira con ternura tus manos y tus pies. Escucha tu voz, el latido de tu corazón, incluso tu respiración. Tú no te amas más de lo que Él te ama. San John Henry Newman

Este folleto del Movimiento Mariano de Sacerdotes y Laicos reúne las revelaciones del Padre celestial a la madre Eugenia Elisabetta Ravasio (1907–1990): su gran anhelo de ser reconocido, honrado y amado por todos los hombres como Padre amoroso. Incluye además testimonios de la verificación eclesiástica de este mensaje, así como oraciones y una novena del Padre Nuestro al Padre celestial.

María, la Inmaculada Concepción, rodeada de ángeles

María, la Inmaculada Concepción, rodeada de ángeles

En camino hacia el corazón del Padre

Sea que nos demos cuenta o no, todos estamos en camino hacia el corazón del Padre. Y san Agustín dice lo que llevamos en el alma cuando, en su camino de conversión, reza: Inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti, ¡oh Dios!

Cuando contemplamos las historias de vida, tan variadas y llenas de colorido, de los santos, nos encontramos con quienes desde niños hallaron su lugar en el corazón del Padre celestial, y con otros que, después de muchos extravíos o rodeos, como san Pablo, descubrieron el amor paternal de Dios y la fe verdadera. Y muchos hombres que caminan por esta tierra, sembrada de cardos y espinas, encuentran el camino de regreso al ancla salvadora del corazón paterno de Dios recién en su última hora.

Ahora surge la pregunta decisiva: ¿cómo encontramos el camino al corazón del Padre, o más bien, cómo encuentra el Padre el camino a nuestro corazón?

A esto nos responde Jesús en el Evangelio con una respuesta muy clara, comprensible para cualquier niño: ¡Nadie va al Padre sino por mí! (Jn 14,6)

Y el Salvador sigue explicando: El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. (Jn 14,23)

Con ello Jesús quiere decirnos que Dios mismo se pone en camino hacia nosotros si tan solo lo anhelamos de todo corazón, lo amamos y unimos nuestra voluntad con la Suya.

Así le construimos, por decirlo así, una escalera celestial de oro por la que Él puede descender a nuestro pobre corazón humano para levantar allí el trono de Su gloria.

Pues la gloria de Dios es el hombre viviente, dice san Ireneo.

El modelo más hermoso de este camino de unión con Dios es para nosotros la santísima Virgen María, que con su gran amor y anhelo atrajo al Redentor a su seno virginal.

Al mismo tiempo, la Madre de Dios es también la gran mediadora de gracias, que nos conduce a su amado Hijo. Pues por María llegamos a Jesús, y por Jesús, que se hizo puente para nosotros, llegamos al Padre celestial.1

1 Y como por el pecado produjo el mundo espinas y abrojos y surgió este río, mar tempestuoso, por eso os di el puente, para que no os ahogaseis. (…) Pero para alcanzar la vida no os basta que Mi Hijo se haya hecho puente para vosotros: tenéis que seguir también este camino sobre el puente. (De: Der Dialog, Caterina von Siena, Ein Gespräch mit Gott über Seine Vorsehung, Kleinhain 2017, pp. 52–53, 100)

Oh Inmaculada, ¿cuándo por fin reinarás en los corazones de todos y de cada uno? ¿Cuándo por fin reconocerán todos los habitantes de la tierra a ti como Madre y al Padre celestial como Padre? San Maximiliano M. Kolbe
Virgen de la corona de estrellas,
purísima Virgen, seas saludada.
Mira desde el trono de gracia,
allí donde corre nuestra lágrima.

Mira desde tu alegría,
donde caminas entre los ángeles,
y con tu vestido inmaculado
te hallas junto al trono del Padre.

Intercede allí por tus hijos
en el trono de gracia del Padre,
y reconcílianos, pobres pecadores,
allí con Jesús, tu Hijo.

Ser puros y vivir puros,
danos, Purísima, tu sentir.
A la virtud ayúdanos a aspirar,
condúcenos hacia el cielo.
Dios Padre con un ángel (Guercino)

Dios Padre con un ángel (Guercino)

La práctica del Padre celestial

Cuando en una clase de escuela se preguntó: ¿Dónde vive el buen Dios?, se presentó una niña pequeña, hija de un médico, y respondió con gran valentía, pensando en su propio papá: El buen Dios, nuestro Padre celestial, vive en el cielo, pero Su consulta la tiene en la tierra. Esta niña dio en el clavo, pues desde la caída nuestra tierra se ha convertido en un inmenso hospital.

¡Qué consuelo saber que entre todos los «pacientes» contagiados por el pecado original vive y actúa el divino médico mismo, para sanar a Sus hijos gravemente heridos y llevarlos de vuelta a casa con los más selectos y preciosos «tratamientos» para la vida eterna! Con todo lo bello y gozoso que nos regala esta vida terrenal, pero también con lo difícil con que nos prueba, el divino jefe de servicio aplica Sus terapias especiales. Por Su bondadosa providencia, que nos envuelve con amor en cada instante, nos da los mejores medios de salvación y santificación para cuerpo y alma.

La institución más importante en el gran hospital de este mundo es la santa Iglesia católica, que nuestro Señor Jesucristo mismo fundó y a la que confió todos Sus méritos redentores.

Ella es como un nuevo jardín del Edén, en el que la fuente burbujeante de los santos sacramentos se derrama sobre todo el mundo en una corriente de gracia séptuple. Quienes beben con diligencia de esta fuente divina reciben gracias abundantes para afrontar bien los desafíos de la vida diaria y para vencer victoriosamente también las tentaciones del diablo, cuyo odio indomable y envidia no soportan el amor entre Dios y el hombre.2

Con tierno cuidado pastoral, Dios Padre habló una vez a santa Catalina de Siena:

Permaneced como ovejas en el jardín de la santa Iglesia, alimentaos aquí y ofrecedme un santo deseo y una oración continua por ella, pues quiero hacer misericordia al mundo entero. No os apartéis de este pasto ni por injuria alguna que os suceda ni porque os vaya bien, pues no quiero que levantéis la cabeza, ni con impaciencia ni con alegría desordenada. Atended más bien con humildad a Mi honor, a la salvación de las almas y a la reforma de la santa Iglesia. Esto será para Mí la señal de que tú y los otros Me amáis de veras.3 El Padre celestial a santa Catalina de Siena

2 Cf. 1 Pe 5,8-9.

3 Der Dialog, p. 359.

Dios quiere conducir las almas a la santidad. Por eso deja subsistir la sociedad humana, a pesar del gusano que la roe por medio de tantas almas que blasfeman Su nombre y desprecian Sus mandamientos. En Su bondadosa providencia, Él dirige para bien, en favor de todos los que Lo aman y confían en Él, incluso el mal que sucede en el mundo. En todo el mundo no permite ningún acontecimiento ni tolera ningún mal sin que con ello se contribuya al progreso de las almas.

Dios cuida de Su mundo, espléndidamente creado, y sin esfuerzo puede crear otros mil, más poderosos y más hermosos. Pero lo que ocupa mucho más Sus pensamientos, lo que sobre todo conmueve Su corazón y alegra al cielo, son las almas: la inocencia conservada o recuperada, un acto de amor, la decisión de un alma de entregarse por completo al Señor, un suspiro de anhelo por Su corazón, una oración. Cuando este anhelo del Padre celestial halla en nuestro corazón una respuesta amorosa, y la sed de Su honra y de la salvación de las almas da cada vez más sentido y meta a nuestra vida, entonces tenemos el motivo más hermoso y profundo para la verdadera alegría. Pues con esta actitud caminamos, por decirlo así, en las huellas de Jesús, para quien la honra del Padre y la salvación de las almas fueron el latido de toda Su vida divino-humana.4

Y vosotros, que trabajaréis para Mi honra y os esforzaréis por que Yo sea conocido, honrado y amado, os aseguro que vuestra recompensa será grande, pues Yo tengo en cuenta todo, incluso vuestro menor esfuerzo, y os lo pagaré cientos de veces en la eternidad. Palabras del Padre divino a la madre Eugenia

4 Cf. Jn 4,32-34: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió». La voluntad del Padre, sin embargo, es la salvación de los hombres, la redención del mundo. Colaborar en esta preocupación por la salvación con oración y sacrificio lo llama santa Catalina de Siena comer almas o devorar almas … Eso significa que la preocupación por la salvación del prójimo redunda también en beneficio de la propia alma y la alimenta, porque este cuidado corresponde profundamente a la voluntad divina del Padre. (Ibíd., p. 171)

El arbolito del Padre celestial

Para volver a recordarnos las grandes verdades salvíficas de la fe católica, el Padre celestial nos regaló en el año 1932 un mensaje muy especial a través de la madre Eugenia Elisabetta Ravasio (1907–1990), a quien comunicó su gran anhelo: ser reconocido, honrado y amado por todos los hombres.

Pero ¿quién era la madre Eugenia, a quien el Padre celestial solía llamar con cariño «Mi hija predilecta, Mi arbolito»?

La madre Eugenia, oriunda del norte de Italia, fue misionera en la congregación de Nuestra Señora de los Apóstoles y vivió en entrega heroica por la unidad de todos los hombres como hijos de Dios en Cristo y para la honra del Padre celestial.

Con esta intención fundó en Roma la «Unitas in Christo ad Patrem», que hasta hoy sigue llevando su carisma.

Como superiora general abrió numerosos noviciados, centros con capilla, escuelas y salas de enfermos en Europa. Descubrió el primer medicamento contra la lepra y llevó a cabo la idea de una ciudad para leprosos, que hizo construir entre 1938 y 1941 en Azopté (Costa de Marfil).

El 1 de julio y el 12 de agosto de 1932 recibió el mensaje del Padre, que se le apareció en forma visible para confiarle la misión de preparar a los hombres para recibir en su corazón al Padre, que quiere establecer en ellos y con ellos Su reino de amor.

El Padre celestial y Cristo, Alfa y Omega (miniatura)

El Padre celestial y Cristo, Alfa y Omega (miniatura)

El grano de trigo que cae en la tierra

En el año 1947 la madre Eugenia fue elegida para un tercer mandato como superiora general, mediante una dispensa especial, en razón de su extraordinario amor y de su increíble capacidad de dirección. Pero Dios permitió que una hermana de las propias filas la denunciara y calumniara ante el Santo Oficio. Entonces la superiora, favorecida con gracias, tuvo que dejar su cargo. Se le prohibió hablar del mensaje, y de todas las casas de misión debían retirarse las imágenes del Padre divino. En su interior, la madre Eugenia comprendió que pronto se le exigiría también abandonar su instituto, lo que, tras una larga serie de calumnias y acusaciones, efectivamente ocurrió en 1956. Al mismo tiempo, Dios le dio a entender que fundaría una nueva congregación. En los años siguientes, la madre Eugenia luchó por tener claridad sobre cómo cumplir este encargo. Fueron varios años de oscuridad interior y de muchos sufrimientos exteriores. Recién en 1980 recibió el permiso eclesiástico para fundar las misioneras «Unitas in Christo ad Patrem». Y en 1989 el vicario general de la Ciudad del Vaticano, Petrus Canisius van Lierde OSB, dio el imprimatur al mensaje.

La madre Eugenia lo había dado todo a Dios, y así también Él le dio todo lo que Le pedía. Por eso muchos acudían a ella confiando en su poder de intercesión. Un día llegó también a ella una joven paralítica. La madre Eugenia le prometió: Tranquila, tomo tu sufrimiento sobre mí. Eres todavía joven y tienes que hacer aún mucho bien. Poco tiempo después, varias personas fueron testigos de cómo la enferma se levantó y pudo caminar sin ayuda alguna. La madre Eugenia, en cambio, pasó los últimos años de su vida en silla de ruedas. Así entregó su vida como sacrificio expiatorio, sin reservas, en las manos del Padre, para que se cumpliera lo antes posible lo que Él le había dado a conocer ya en 1947:

Un día el grano de semilla brotará y su fruto resplandecerá en todo el mundo y en cada corazón. Y todos, desde el Santo Padre hasta el último fiel, hablarán del Padre divino, que es el Alfa y la Omega de nuestra vida y de nuestra unidad en nosotros mismos, en la familia y en la Iglesia, y lo será para siempre. El Padre celestial a la madre Eugenia, 1947

El 10 de agosto de 1990 murió la profetisa del Padre divino, a los 83 años, con fama de santidad.

Debo ser la sonrisa del Padre. Las lágrimas que valen algo no son las que caen, sino las que suben.5 Madre Eugenia E. Ravasio

5 La madre Eugenia habla aquí del dolor ofrecido con amor, que trae frutos abundantes cuando se une a los sufrimientos del Redentor.

La verificación eclesiástica

Cuando el papa Pío XII supo de la madre Eugenia, envió al P. Girard Matthieu, un sacerdote de su confianza, para obtener información de primera mano. Mientras el padre esperaba a la madre Eugenia, la vio venir desde el fondo del pasillo: flotando medio metro sobre el suelo y rodeada de una luz radiante que emanaba de ella. Dios obró este milagro como prueba de autenticidad de Sus revelaciones a esta alma elegida.

Tras un período de diez años de examen bajo la dirección del obispo Alexandre Caillot (1861–1957), el mensaje del Padre celestial, que la madre Eugenia recibió en lengua latina, fue declarado auténtico.6

6 Este pastor de almas, muy experimentado y celoso, había designado expresamente una comisión para examinar el mensaje y a su receptora. Durante diez años trabajaron varios teólogos en esta tarea, en la que no solo se trataba del contenido del mensaje, sino sobre todo del hecho de que el Padre divino se mostró visiblemente a la madre Eugenia como persona. En enero de 1934 los teólogos encontraron en santo Tomás de Aquino la respuesta a sus propias objeciones. La respuesta del gran doctor de la Iglesia sobre la distinción entre «aparición» y «misión» era convincente. Superó el obstáculo que paralizaba toda la investigación. El hecho de que el Padre divino diera el mensaje en lengua latina, mientras la madre Eugenia, con su formación escolar de solo tres años, no hablaba latín, fue otra fuerte prueba de autenticidad para el obispo Alexandre Caillot.

A mi leal saber y entender, en conciencia y plenamente consciente de mi responsabilidad ante la Iglesia, declaro: solo una intervención sobrenatural y divina me parece capaz de explicar de manera lógica y satisfactoria el conjunto de los hechos. Prescindiendo de todas las demás circunstancias, este hecho esencial me parece lleno de nobleza, grandeza y fecundidad sobrenatural. Una humilde religiosa ha recordado a las almas la verdadera religión, tal como Jesús la enseñó y como la Iglesia la ha fijado en su liturgia. (…) Creo que aquí obra la mano de Dios, y tras diez años de investigaciones, reflexión y oración, alabo al Padre, que se ha dignado elegir a mi diócesis como lugar de una manifestación tan conmovedora de Su amor. + Alexandre Caillot, obispo de Grenoble
Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Mt 11,25

El Padre habla a Sus hijos

El motivo de Su venida

  • ¡Pongo en el suelo Mi corona y toda Mi gloria para asumir la humilde actitud de un hombre común!
  • Vengo para disipar definitivamente el temor excesivo que Mis criaturas tienen de Mí. Quiero hacerles comprender que es Mi alegría ser conocido y amado por Mis hijos e hijas, es decir, por toda la humanidad presente y futura.
  • Mi presencia entre vosotros es como el sol en el mundo terrenal. Si estáis dispuestos a recibirme, Me acercaré mucho a vosotros. Tomaré morada en vosotros, os iluminaré y os calentaré con Mi amor infinito.
  • ¡Oh, cómo han olvidado los hombres Mi amor paterno! Y, sin embargo, os amo con tanta ternura.
  • Si Me amáis y Me invocáis con confianza con este amable nombre de Padre, ya aquí en la tierra empezáis a vivir ese amor y esa confianza que en la eternidad constituirán toda vuestra felicidad.
Os amo, dice el Señor. Mal 1,1
La Sagrada Familia con el cordero (pintura de Rafael)

La Sagrada Familia con el cordero (pintura de Rafael)

El Padre de las familias

  • Si las familias Me honran y Me aman como a su Padre, les enviaré paz y, con ella, Mi providencia.
  • ¡Cuánta alegría sería para Mí ver cómo los padres enseñan a sus hijos a invocarme a menudo por Mi nombre, a llamarme Padre, pues en realidad eso soy! ¡Cuánto anhelo ver que en estas jóvenes almas nazcan la confianza y el amor hacia Mí, el amor de los hijos al Padre! Yo he hecho todo por vosotros: ¿lo haréis ahora por Mí?
  • Quiero permanecer en cada familia, como en Mi casa, para que todos puedan decir con la mayor seguridad: tenemos un Padre que es infinitamente bueno, infinitamente rico e inimaginablemente misericordioso. Él piensa en nosotros y está cerca de nosotros, Él vela sobre nosotros, Él mismo nos protege, y nos dará todo lo que nos falte cuando se lo pidamos. Todas Sus riquezas nos pertenecen, tendremos todo lo que necesitamos.
Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! 1 Jn 3,1
El Padre celestial (pintura)

El Padre celestial (pintura)

El Padre de todos los hombres

  • Si alguien Me ama y se confía a Mí, le enviaré un rayo de paz en todas sus necesidades, en todas sus confusiones y sufrimientos, y en cada pena, sobre todo cuando Me invoque y Me ame como su Padre.
  • Si los obreros, los industriales y los demás artesanos Me invocan y Me honran, les concederé Mi paz y Mi fuerza, y Me mostraré a ellos como un Padre bueno y misericordioso.

La mayor buena intención

Padre celestial, te ofrezco todo lo que haga, ofrezca y padezca, unido a los méritos de Jesús y de María, en nombre de todas las almas y por todas las almas de la santa Iglesia entera, con la voluntad de obrar y seguir obrando así por toda la eternidad. Amén.7

7 Cuando rezas estas palabras, despiertas la buena intención de la forma más perfecta. También las personas que así rezan participan en la comunión de los santos, o más bien: cada vez que usan estas palabras entran, por decirlo así, de nuevo y más estrechamente en la comunión de los santos, no solo en la de los santos del cielo, sino en la de todos los miembros de la triple santa Iglesia. Por eso nadie puede comenzar el nuevo día con Dios de manera más excelente. (De: Aszese und Mystik, del prof. Albert Drexel, Jestetten 1977)

  • Si en toda comunidad cristiana Me invocan y Me honran, daré Mi paz y Me mostraré como el más amoroso de los padres, y, gracias a Mi poder, aseguraré a las almas la salvación eterna.
  • Si toda la humanidad Me invoca y Me honra, le enviaré el Espíritu de paz, que descenderá sobre ella como un rocío bendito.
Regreso del hijo pródigo al padre misericordioso

Regreso del hijo pródigo al padre misericordioso

El Padre misericordioso

  • Si todas las naciones Me invocan y Me honran de la misma manera, ya no habrá discordia ni guerras, pues Yo soy el Dios de la paz, y allí donde Yo estoy no habrá guerra.
Dichosos los que te aman; se alegrarán por la paz que tú concedes. Tob 13,15
  • Acercaos a Mi fuente, que brota siempre de las profundidades paternales de Mi corazón (…) y sumergíos en el océano de Mi amor para vivir solo ya en Mí. Si queréis beber de esta fuente, sondeadme, aprended para conocerme, y en cuanto Me conozcáis, sumergíos en el océano de Mi amor confiándoos a Mí con una confianza que os transforme y a la que Yo no puedo resistirme, de modo que os perdonaré vuestras faltas y os colmaré con las mayores gracias.8

8 La madre Eugenia anota al respecto: Nuestro Padre me dijo en una conversación íntima: «La fuente es símbolo de Mi ser conocido, y el océano, de Mi amor y de vuestra confianza.»

He venido para haceros probar la verdadera libertad, la libertad de la que brota la verdadera felicidad: todas las alegrías de esta tierra no son nada en comparación con esta dicha.

Vosotros, Mis hijos, que estáis fuera de la Iglesia católica, debéis saber que Mi amor paterno no os excluye. Me dirijo a vosotros con Mi llamada tierna, pues también vosotros sois Mis hijos. Aunque hasta hoy hayáis cedido a los encantos con los que el diablo os seducía, reconoced que os ha engañado; venid a Mí, vuestro Padre, y Yo os recibiré con alegría y amor.

Y vosotros, Mis hijos, que vivís en tinieblas porque habéis perdido vuestra fe: levantad la mirada y veréis rayos luminosos que os iluminan. Yo soy el sol que brilla sobre vosotros, que es cálido y os calienta. Mirad y reconoceréis que Yo soy vuestro Creador, vuestro Padre, vuestro único Dios.

Venid, venid a Mí con confianza. (…) Vuestros pecados son para Mí como hierro, vuestras obras de amor, como oro. (…) Esto significa que con un poco de amor se anulan iniquidades infinitamente grandes.

A todos los que Me llamen de corazón con el nombre de Padre, aunque sea una sola vez, no se perderán; no, a ellos se les asegura la vida eterna en la comunidad de los elegidos.

Señor, tú eres mi Padre, mi Dios, mi héroe salvador. Eclo 51,10
El Padre recibe en Sus brazos a Su Hijo sacrificado (Trono de gracia)

El Padre recibe en Sus brazos a Su Hijo sacrificado (Trono de gracia)

Los caminos del Padre

Vengo a vosotros por dos caminos: por la cruz y por la Eucaristía.

La cruz es Mi camino para descender hacia Mis hijos, pues por la cruz los he redimido por medio de Mi Hijo. Para vosotros, la cruz es el camino para subir hasta Mi Hijo, y por Mi Hijo hasta Mí. (…)

En la Eucaristía permanezco entre vosotros como un padre en su familia. Quise que Mi Hijo instituyera la Eucaristía para hacer de cada sagrario un recipiente de Mis gracias, de Mis riquezas y de Mi amor, para repartirlos entre los hombres, Mis hijos.

Por estos dos caminos hago fluir sin cesar Mi fuerza y Mi infinita misericordia hacia los hombres.

Puedo comprender la debilidad de Mis hijos. Por eso pedí a Mi Hijo que les diera medios para levantarse después de sus caídas. Estos medios les ayudarán a purificarse del pecado, para que vuelvan a ser hijos de Mi amor. Estos medios son principalmente los siete sacramentos, y un medio muy importante, sobre todo, es la cruz, porque os salvará a pesar de vuestras caídas; es la sangre de Mi Hijo, que se derrama sobre vosotros en cada instante, con tal de que la aceptéis, tanto en el sacramento de la Penitencia como en el Santo Sacrificio de la Misa.9

9 La celebración de la santa Misa es fuente y cumbre de toda la vida cristiana, el culto más alto, la misteriosa actualización del sacrificio de la cruz de Jesucristo. En la entrega obediente de Jesús se tributa al Padre toda gloria y honor. Al mismo tiempo, el amor de Cristo abre a cada hombre un camino que conduce al corazón del Padre. Nuestro ser entero, nuestra debilidad humana, nuestras preocupaciones y necesidades, así como la culpa de todos los hombres, los depositamos en el acontecimiento de la consagración de la santa Misa. Pues en el cuerpo quebrantado y en la sangre derramada de Cristo encontramos sanación y expiación por los pecados de todo el mundo. El misionero de Steyl, hermano Kostka Wasel (1868–1946), tuvo la gracia de vivir durante más de 40 años, en visiones, el misterio del santo sacrificio de la Misa. Describe de manera especialmente conmovedora cómo, en el momento de la consagración, el Padre celestial recibe en Sus brazos a Su Hijo sacrificado. En Su amado Hijo, el Padre acoge también en Sus brazos a nosotros, Sus hijos, y podemos estar seguros de que este es el momento más grande y sublime para pedir al Padre celestial toda gracia y la sanación personal profunda de todas nuestras heridas, pues ahora el trono de gracia está abierto para todos los que suplican ayuda con confianza. (Cf. Das heilige Messopfer in Schauungen erlebt, ed. por Klemens Kiser, Lauerz 1996, pp. 69–128)

Hijos Míos, no expresaré toda la grandeza de Mi infinito amor, pues basta con que abráis la Sagrada Escritura y contempléis la cruz, el sagrario y el Santísimo Sacramento del altar, para que podáis entender hasta qué punto os he amado.

Recibid el Cuerpo y bebed la Sangre de Jesucristo, tan terriblemente ofendido por los hombres ingratos. Reparad sus pecados y consolad a vuestro Dios. Palabras del Ángel a los niños de Fátima, 1916
¡Qué hermoso es, qué grande es conocer a Dios, amarle, servirle! Nada más tenemos que hacer en este mundo. Todo lo demás que hacemos es tiempo perdido. San Juan María Vianney
Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Jn 3,16
El Padre celestial, rodeado de ángeles y santos (fresco de Perugino)

El Padre celestial, rodeado de ángeles y santos (fresco de Perugino)

Una fiesta para el Padre celestial

Un día, o al menos un domingo, debe estar consagrado a Mí, en el que Yo sea honrado de manera muy especial bajo el nombre de Padre de toda la humanidad.10 Para esta fiesta deseo un formulario de misa propio y un propio para la Liturgia de las Horas. No es difícil encontrar los textos para ello en la Sagrada Escritura. Si preferís honrarme con esta veneración especial en un domingo, Yo elijo el primer domingo de agosto; si tomáis un día de la semana, prefiero siempre el 7 de agosto.

10 El encargo confiado a la madre Eugenia es muy preciso y, desde el punto de vista doctrinal, también me parece legítimo y oportuno. La misión exacta es dar a conocer y honrar al Padre, sobre todo exigir a la Iglesia la instauración de una fiesta especial. La investigación ha mostrado que una fiesta litúrgica en honor del Padre estaría muy bien en armonía con toda la línea del culto católico, y concuerda con el movimiento tradicional de la oración católica, el ascenso al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, como lo demuestran las plegarias eucarísticas de la santa Misa y las ofrendas litúrgicas al Padre en el sacrificio santo. Por otra parte, es extraño que hasta ahora no exista ninguna fiesta especial en honor del Padre: la Trinidad es honrada como tal, la Palabra y el Espíritu Santo son honrados en su misión y en sus manifestaciones exteriores; solo el Padre no tiene una fiesta propia que dirija de manera especial la atención del pueblo cristiano hacia Su persona. (Obispo Alexandre Caillot)

Todo el clero debe comprometerse para que esta veneración se desarrolle; sobre todo, los clérigos deben darme a conocer a los hombres como el que soy y como el que siempre seré para ellos: el padre más tierno y amable de todos.

Si todas las personas que están alejadas de nuestra Iglesia católica oyeran hablar de este Padre que las ama, que es su Creador y Dios, si vosotros les hablarais de este Padre que quiere regalarles la vida eterna, entonces una gran parte de ellas vendría a este Padre, también las más obstinadas entre ellas.

Él es nuestro Padre por todos los siglos. Tob 13,4

La imagen del Padre celestial

Deseo que el clero se ocupe de que se me conceda la entrada en todas las familias y en los hospitales, también en los talleres y fábricas, en los cuarteles y en las salas de sesiones en las que los ministros de las naciones toman sus decisiones, y, en definitiva, en todas partes donde se encuentren Mis criaturas, aunque haya allí una sola de ellas.

La señal visible de Mi presencia invisible debe ser una imagen que muestre que realmente estoy aquí y presente. (…) De este modo, todos Mis hijos vivirán como bajo la mirada de su tierno padre. Sin duda, también ahora estoy en todas partes, pero quiero ser representado de una forma perceptible para los sentidos.

Deseo de manera especial ser venerado en los seminarios, en los noviciados, en las escuelas y en los hogares. Todos, desde los más pequeños hasta los más grandes, deben poder reconocerme y amarme como su Padre, su Creador y su Redentor.11

11 Extractos del mensaje del Padre celestial a la madre Eugenia E. Ravasio. Imprimatur: Petrus Canisius van Lierde, Vic. Generalis e Vic.Civit. Vaticanae, Roma, die 13 Martii 1989.

Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora. Sal 89,27
Retrato fotográfico de santa Teresa del Niño Jesús de joven (1885, antes de su entrada en el convento)

Retrato fotográfico de santa Teresa del Niño Jesús de joven (1885, antes de su entrada en el convento)

¡Señor, muéstranos al Padre!

San Hilario de Poitiers dice que la gran obra de Cristo fue dar a conocer al Padre. En el Sermón de la Montaña, Jesús habla diecisiete veces del Padre; en todo el Evangelio de Mateo, cuarenta y siete veces; en Juan, ciento quince veces, de ellas cuarenta y tres en los discursos de despedida.

Al servicio de esta gran obra de Cristo está también el encargo que la madre Eugenia recibió del propio Padre celestial: dar a conocer a los hombres cuán grande es el anhelo del Padre de ser reconocido, amado y honrado por todas Sus criaturas.

Jesús tiene la misma esencia que el Padre, cuya bondad y amor refleja de la manera más perfecta.

Si queremos saber si nuestra imagen del Padre se mueve en una buena dirección, solo tenemos que preguntarnos si reconocemos en la vida y en las acciones de Jesús el amor misericordioso del Padre celestial.

Incluso los discípulos de Jesús tuvieron que conquistar paso a paso la verdad sobre la esencia del Padre, lo que se expresa, no en último lugar, en la petición llena de anhelo del santo apóstol Felipe: ¡Señor, muéstranos al Padre! Y Jesús le responde: Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre. (Jn 14,8-9)

Y cuando los discípulos vieron orar a su Maestro, surgió en ellos el vivo deseo de orar de la misma manera al Padre. De este anhelo procede su petición: ¡Señor, enséñanos a orar! (Lc 11,1)

Y Jesús los introduce en el gran Padrenuestro, que hasta el día de hoy asciende desde los corazones de innumerables cristianos hacia el corazón del Padre.

Siguiendo las huellas de los apóstoles y de los primeros cristianos, que oyeron el sonido de la voz de Jesús y vieron Su semblante y Su postura cuando rezaba el Padrenuestro, podemos volver a descubrir qué Padre tan tierno, tan grande y tan sublime tenemos.

En este sentido dice san Juan Casiano (†435): El Padrenuestro es una mirada hacia Dios solamente, un gran fuego de amor. El alma se derrite en él, se sumerge en el santo amor y conversa con Dios como con su propio padre, con gran familiaridad y con un cariño filial muy especial y tierno.

Cuando la pequeña santa Teresa del Niño Jesús estaba un día totalmente absorta en un trabajo de costura, llegó su hermana Celina y le preguntó: ¿En qué piensa usted? Y ella respondió: Medito el Padrenuestro. ¡Es tan dulce llamar Padre al buen Dios! Y en sus ojos brillaban lágrimas.

Esta íntima relación de santa Teresa con su Padre celestial se muestra también en una carta a su hermana Inés, en la que escribe: ¡Dios es más tierno que una madre!

Y en una carta a la madre María de Gonzaga escribe: A veces, cuando mi espíritu está tan seco que me es imposible sacar un solo pensamiento que me una al buen Dios, rezo muy despacio un Padrenuestro y luego la salutación angélica. Entonces estas oraciones me encantan y alimentan mi alma mucho más que si las rezase precipitadamente un centenar de veces.

Debemos tener conciencia de que, al rezar con reverencia el Padrenuestro, nos refugiamos en los brazos del Padre celestial, que nos protege contra los ataques del mal con Su amor paternal y Su autoridad abarcadora, como le pedimos al final del Padrenuestro: … líbranos del mal. Así, la preciosa oración del Señor tiene también un efecto exorcista sobresaliente, como lo han confirmado ya muchos sacerdotes que se dedican al ministerio de liberación y numerosos cristianos.12

12 Cf. Maria, das Zeichen der Zeit, 3.er trimestre de 2023.

Y si después del Padrenuestro rezamos también a la Madre de Dios con el Avemaría, entonces coronamos, por decirlo así, este efecto lleno de gracia.

Cuando oréis, decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino». Lc 11,2
María, Virgen de la Misericordia (Piero della Francesca, Madonna della Misericordia)

María, Virgen de la Misericordia (Piero della Francesca, Madonna della Misericordia)

María, la Reina de la Unidad

Junto con Jesús, la madre Eugenia ofreció su vida por la unidad de los hijos e hijas en la casa del Padre. ¿Cómo habría podido hacerlo mejor que con María, la Reina de la Unidad? Su vida estuvo marcada por la presencia de esta amable Madre: fue ella quien la ayudó a dar los primeros pasos de su vida. Al crecer, comprendió poco a poco que debía agarrar cada vez con más fuerza esta mano, para superar los obstáculos y poder caminar con seguridad por el camino del Espíritu Santo. Un día le pareció volver a tocar esta mano con tanta vida, y se sintió conducida a una luz tan inmensa como nunca antes había visto; se encontró como en un mundo nuevo: la celestial Madre la guio con mucha suavidad y le enseñó a reconocer al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¡Misterio inconcebible…!

La santísima Madre le dijo: Mira, tú perteneces a nuestra familia. La madre Eugenia ya no sabía si estaba en el cielo o en la tierra. Este conocimiento se grabó profundamente en su alma. Ahora sabía cómo se podía llegar a esta unidad. Cueste lo que cueste:

Madre de Jesús y madre mía amantísima, pongo toda mi vida en tus manos, adorando siempre y en todo la voluntad divina del Padre. Preséntala a Jesús para gloria del Padre y en el amor del Espíritu Santo, para que todos lleguen a la casa del Padre. ¡Todos! Estoy dispuesto a todo sacrificio para que nadie falte. Ayúdame, Madre mía, a vivir unido a Jesús como verdadero hijo del Padre, en perfecta entrega al Evangelio. Reina de la Unidad, ¡ruega por nosotros! Madre Eugenia E. Ravasio
Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Jn 17,11
La Sagrada Familia en la huida a Egipto (pintura de Murillo)

La Sagrada Familia en la huida a Egipto (pintura de Murillo)

La paternidad de san José

Cuando el Padre celestial envió a Su Hijo al mundo para salvarnos y hacernos Sus hijos, eligió a san José para representar en la tierra Su paternidad divina. La confianza perfecta que Jesús depositó en Su padre nutricio es un ejemplo luminoso para todos nosotros. Jesús amó, obedeció e imitó a Su padre terrenal, y cada vez que veía a san José, lo escuchaba hablar, lo veía trabajar o experimentaba su casto amor por María, la humanidad de Jesús vivía un reflejo perfecto del Padre en el cielo.

También nosotros podemos depositar en él toda nuestra confianza y considerarnos sus hijos. Si Jesús, según los planes del Padre, necesitó a san José, ¡cuánto más lo necesitamos nosotros, este gran patrono de la santa Iglesia! Si los padres de familia toman a san José como modelo, este gran santo les ayudará a vivir su paternidad según el corazón del Padre celestial.

Así ofrecen a sus hijos un fundamento de vida firme, que se convierte en fuente de la bendición divina para su futuro.13

13 Cf. Weihe an den hl. Josef de Donald H. Calloway, MIC, Kislegg 2021, p. 36. Imprimatur: Most Rev. Jeffrey Monforton, DD, obispo de Steubenville, Ohio, 22 de octubre de 2019.

San José con el Niño Jesús

San José con el Niño Jesús

Oración a san José

A ti, bienaventurado San José, acudimos en nuestra tribulación y, después de implorar el auxilio de tu santísima Esposa, solicitamos también confiadamente tu patrocinio. Por aquella caridad que te unió con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, y por el amor paternal con que abrazaste al Niño Jesús, humildemente te suplicamos que mires con bondad la herencia que Jesucristo adquirió con su Sangre, y que socorras nuestras necesidades con tu poder. Providentísimo custodio de la Sagrada Familia, vela sobre todos los que han sido elegidos como hijos de Dios; aparta de nosotros, padre amantísimo, todo error y todo vicio. Asístenos desde el cielo, fortísimo protector nuestro, en este combate con el poder de las tinieblas. Y así como un día libraste al Niño Jesús del supremo peligro de muerte, defiende ahora a la santa Iglesia de Dios de sus enemigos y adversarios. Tómanos a todos bajo tu constante protección, para que, a ejemplo tuyo y con tu ayuda, vivamos santamente, muramos felizmente y alcancemos la eterna bienaventuranza en el cielo. Amén. Papa León XIII

Oración y alabanza

Nuestra oración tiene un valor eminente y una fuerza que supera con creces todas las fuerzas físicas juntas. Los seres corporales y los espíritus creados, con todas sus obras juntos, quedan a distancias siderales por detrás de la fuerza y del valor de un solo acto de amor a Dios, y no lo igualan. Pero la oración tiene el poder de alcanzarnos la gracia con la que realizamos ese acto de amor. Por eso la oración cristiana tiene mayor importancia y alcance que los descubrimientos más asombrosos y los talentos más grandes. Es la gran potencia sobre la tierra. Así debemos aprender a pensar sobre nuestra oración.

Sobre el gran valor de un solo acto de amor habló Jesús a santa sor M. Faustina:

Hija Mía, si supieras qué gran mérito y qué recompensa tiene un acto de amor puro hacia Mí, morirías de gozo. Lo digo para que te unas a Mí constantemente a través del amor, porque este es el fin de la vida de tu alma.14 Jesús a santa sor Faustina Kowalska

14 Diario de santa sor María Faustina Kowalska, Hauteville/Suiza 2003, n.º 576.

La oración y la alabanza son las dos alas con las que nuestra alma vuela al cielo.

La alabanza llena el corazón de alegría y da brillo a todo nuestro ser. Es un secreto de la vida bendecida que la alabanza no solo añade bendición, sino que también multiplica toda bendición de Dios. Cuando empiezas a alabar, desaparecen poco a poco la inquietud de tu corazón y el temor de tu alma, como la niebla ante el sol. Cuando empiezas a alabar, tu preocupación se transforma en alegría y la paz de tu alma aumenta. Cuando empiezas a alabar, cesan el murmullo y la crítica; el aliento del cielo disipa las nubes, y te sientes de nuevo puro y renovado.

La alabanza tiende una emboscada al diablo y te eleva por encima de las acusaciones de Satanás. Cuando empiezas a alabar, Satanás se aparta con espanto y huye. La alabanza abre al Espíritu Santo el camino en tu vida. La alabanza convierte tus montañas de dificultades en colinas de bendición. La alabanza de Dios te llena de alegría y de paz en la fe. (Cf. Rom 15,13)

¡La alabanza te da alas de águila, y con los ojos de la fe ya ves la victoria!

Los santos ángeles de Dios, que contemplan siempre el rostro del Padre celestial y reconocen con toda claridad la voluntad de Dios para nuestra vida, acuden para ayudarte a alcanzar la victoria.

Cuando Pablo y Silas oraban y alababan a Dios, el Señor abrió las puertas de la cárcel de Filipos. (Cf. Hch 16,23-24)

Que cada día sea un día de alabanza. Comienza, ya por la mañana, al despertar, a alabar al Señor. Cada vez que seas tentado a desesperar, a temer, a preocuparte, a criticar o a ceder a alguna tentación, comienza a alabar a Dios. ¡Alaba, alma mía, al Señor! Alabaré al Señor mientras viva, tañeré para mi Dios mientras exista. (Sal 146,1-2)

La alabanza es fruto del amor asombrado, agradecido y adorante hacia el Señor. Por eso, sin este amor, que el Espíritu Santo nos regala una y otra vez, difícilmente podemos alabar a Dios. Cuando invitamos a los santos ángeles y a los santos a amar y alabar a Dios con nosotros, ellos nos hacen partícipes de su gloria y llenan nuestra vida con la atmósfera del cielo.15

15 Cf. Die Macht des Lobpreises, Missionswerk «Stimme des Glaubens», Konstanz 1972, pp. 43-46.

Cuánto nos ayuda la alabanza a dejar de lado nuestro pequeño yo y a volvernos receptivos al amor de Dios, lo muestra el siguiente ejemplo de la vida de san Francisco de Asís:

Después de que este santo serafín recibiera las llagas de Cristo en el monte La Verna en 1224, compuso sus grandes «Alabanzas del Dios Altísimo».

Estas alabanzas están enteramente orientadas al Tú de Dios, pues a Francisco no le importa él mismo, sino solo Dios. No se cansa de dirigirse a Dios una y otra vez con el Tú. ¡Tú, tú, solo tú! ¡Tú eres el Padre todopoderoso, Rey del cielo y de la tierra!

El hermano León, su confesor y compañero más íntimo, que estaba con él en el monte, sufría en esa época graves tentaciones. Por su abatimiento y la sensación de estar desatendido por Dios, se replegaba cada vez más sobre sí mismo y se sentía más y más oprimido. San Francisco reconoció su necesidad: escribió de su puño y letra sus «Alabanzas» y una bendición especial para el hermano León, y se la entregó con estas palabras: Toma este papel y guárdalo con cuidado hasta el día de tu muerte.

Entonces huyó de inmediato todo rastro de aquella tentación.

Ese escrito se conservó y en lo sucesivo obró maravillas.16

16 Cf. «Bruder Leo, schreibe …» de Gottfried Egger OFM, St. Ottilien 2023, pp. 88, 96.

Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor, y soportan enfermedad y tribulación. Bienaventurados aquellos que las soporten en paz, porque por ti, Altísimo, coronados serán. Del Cántico de las criaturas de san Francisco
San Francisco recibe las llagas de Cristo
San Francisco recibe las llagas de Cristo
Descendimiento de Cristo

Descendimiento de Cristo

¡Dad gracias al Padre con alegría!

Cuando san Pablo nos llama a dar siempre gracias al Padre celestial, lo hace porque sabe que la gratitud sincera es sumamente agradable a Dios y atrae al mismo tiempo innumerables beneficios nuevos, espirituales y corporales, sobre el alma agradecida. A la gratitud por todo lo que el Padre celestial nos regala día tras día se une la alegría y el contentamiento. Gratitud, alegría y contentamiento son como «hermanas» que gustan de caminar juntas por esta vida y agradan a Dios y a los hombres. Incluso una persona agobiada por pecados y preocupaciones no puede resistirse por mucho tiempo a estas tres «hermanas» si se encuentra con ellas en su camino, pues estas «tres» son «contagiosas».

Dar gracias por todo lo alegre y hermoso nos resulta relativamente fácil, pero ¿qué pasa con nuestra gratitud cuando Dios nos prueba con la cruz y el sufrimiento y, aparentemente, no escucha nuestras peticiones de oración?

A santa Miriam de Abellín, que sufrió innumerables padecimientos y persecuciones, le dijo en cierta ocasión la Madre de Dios: Miriam, sé siempre contenta con tu suerte, aunque tengas que sufrir. El bondadoso Dios te enviará siempre lo necesario.

San Luis María Grignion de Montfort dice: ¿Quién podrá jamás explicarlo, quién podrá comprender qué tesoro eterno de gloria obra en nosotros un solo instante de una cruz llevada de buen grado?

La cruz no se ahorra a ningún hombre en este mundo, pues la cruz es el puente que nos conduce al cielo sobre el abismo de este mundo.

Por la cruz, Dios quiere atraer hacia Sí a quienes no Lo aman, acercar más a Sí a quienes no Lo aman lo suficiente y unir del todo consigo a quienes Lo aman.

Si también nosotros seguimos el consejo de la Madre de Dios a santa Miriam y estamos siempre contentos, pronunciando ante la voluntad divina y todas Sus permisiones nuestro agradecido «fiat», entonces Dios conducirá todas las situaciones de nuestra vida hacia el bien. (Cf. Rom 8,28)

No podemos imaginar qué gran alegría y honor damos al Padre celestial cuando, con confianza infantil, entregamos nuestra vida, nuestra oración y nuestros sacrificios a Su bondadoso cuidado paterno.

Cuando santa Gertrudis preguntó una vez a Jesús por qué no escuchaba todas las oraciones, Él le dio esta respuesta: Hija amada, si a veces no escucho tus oraciones y deseos, es solo para darte más aún a su debido tiempo. En tu flaqueza humana no puedes reconocer qué es lo más provechoso para ti.

Cuando pedimos a Dios, con nuestra corta visión humana, un «escorpión», Él seguramente no cumplirá ese deseo, pues no nos dará nada que nos perjudique. Pero, como enseña la fe católica, podemos estar completamente seguros de que cada oración, por pequeña que sea, es llevada por nuestro ángel de la guarda al trono de Dios y, transformada en lluvia de gracia, volverá a caer sobre nosotros y sobre todos aquellos por quienes oramos.

Dad siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo. Ef 5,20
El Padre celestial antes de la crucifixión (trono de gracia)

El Padre celestial antes de la crucifixión (trono de gracia)

Oraciones al Padre celestial

Padre mío

Padre mío, me abandono a ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí, te lo agradezco. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas; no deseo nada más, Dios mío. Pongo mi alma en tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo y porque este amor me impulsa a entregarme a ti, a ponerme en tus manos sin medida, con infinita confianza, porque tú eres mi Padre. San Carlos de Foucauld

Padre divino

Padre divino, ¡lléname por completo de tu amor! Haz que sea tu hijo dócil, en quien pueda realizarse tu plan paternal. Hazme dócil para comprender y acoger todas las manifestaciones de tu divino amor. Amén. Madre Eugenia E. Ravasio
María con el Niño Jesús en el cielo estrellado

María con el Niño Jesús en el cielo estrellado

Novena del Padrenuestro

¡Padre nuestro, que estás en el cielo!

Te invoco, Padre celestial: ten piedad de mí y de todos los hombres de la tierra que son de buena voluntad. Haz que todos reconozcamos cada vez más que hemos sido llamados a amarte y a servirte en este mundo, para poder participar un día en tu gloria eterna.

¡Santificado sea tu nombre!

Como tu Hijo Jesús, deseo ardientemente que tu nombre sea alabado y honrado en todas partes.

¡Venga a nosotros tu reino!

Que tu reino abarque cada vez más a toda la humanidad: que crezca, florezca y dé abundante fruto en los corazones de tus hijos e hijas en la tierra.

¡Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo!

Haz que los hombres comprendan cada vez más profundamente que la verdadera paz y la felicidad solo se encuentran en el cumplimiento perfecto de tu voluntad, en la observancia de tus mandamientos.

¡Danos hoy nuestro pan de cada día!

Padre de misericordia, concede a tus hijos de todo el mundo el alimento necesario para el alma y para el cuerpo. Haz que reconozcamos cada vez más cuán salvífica es la santa Comunión recibida cada día con dignidad.

¡Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden!

Padre bondadoso, te ofrezco, en reparación de mis pecados y de los de todos los hombres, de las indiferencias y de las faltas, la sangre, las llagas, los sufrimientos y los méritos de tu Hijo Jesús. Acepta su gran amor en compensación de nuestro deficiente amor a Dios, al prójimo y a los enemigos.

¡No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal!

Padre misericordioso, aleja al espíritu maligno, al mundo con sus astucias y la «ocasión próxima», para que yo y todos los que te son queridos podamos vivir y servirte en tu gracia y en tu paz. Envía a tus santos ángeles, por intercesión de su Reina, para protegernos, y bendícenos. Amén.17

17 Imprimatur: Secretaría del Arzobispado de Salzburgo, 20 de febrero de 1985.

Padre, glorifica tu nombre. Jn 12,28
El Padre celestial en la crucifixión (trono de gracia)

El Padre celestial en la crucifixión (trono de gracia)

Dios es mi Padre

Padre mío que estás en el cielo, ¡qué reconfortante y saludable es para mí saber: tú eres mi Padre y yo soy tu hijo!

Sobre todo cuando mi alma está en tinieblas y mi cruz se hace pesada, siento la necesidad de decirte una y otra vez: «Padre, creo en tu amor por mí».

Sí, creo que en cada instante de mi vida eres Padre y que yo soy tu hijo. (…)

¡Creo! Pero fortalece en mí la fe, la esperanza y la caridad. Enséñame a ver siempre tu amor como guía en todos los acontecimientos de mi vida. Enséñame a abandonarme del todo a ti, como un niño en los brazos de su madre. Padre, tú lo sabes todo y lo ves todo. Tú me conoces mejor que yo mismo. Tú lo puedes todo y tú me amas.

Padre mío, porque quieres que vayamos a ti con confianza, vengo a pedirte, con Jesús y María… Unido a sus Sacratísimos Corazones, te presento en esta intención todas mis oraciones, sacrificios y renuncias, todo mi obrar y una mayor fidelidad en el cumplimiento de mis deberes.18 Concédeme la luz, la fuerza y la gracia del Espíritu Santo. Fortaléceme en este Espíritu, para que nunca lo pierda y no lo entristezca ni lo debilite en mí. (…)

Padre divino, amorosa esperanza de nuestras almas, ¡que seas conocido, honrado y amado por todos los hombres!

Padre divino, bondad infinita que se derrama sobre todos los pueblos, ¡que seas conocido, honrado y amado por todos los hombres!

Padre divino, rocío vivificador de la humanidad, ¡que seas conocido, honrado y amado por todos los hombres! Amén.19

Madre Eugenia E. Ravasio

18 Si se reza esta oración como novena, debe añadirse: «Te prometo ser más generoso, especialmente durante estos nueve días, en una ocasión determinada … o con una persona determinada …».

19 Imprimatur: Jean cardenal Verdier, arzobispo de París, 8 de mayo de 1936. El Padre concede muchas gracias por intercesión de la madre Eugenia mediante la oración «Dios es mi Padre», que Él mismo le dio, especialmente para las familias, para cualquier necesidad de las familias. La madre Eugenia decía que ya solo el título de la oración «Dios es mi Padre» es una oración completa. Nos recomendó repetir a menudo durante el día: Dios es mi Padre, pues subrayaba que el Padre está muy contento y complacido con Su hijo que, con amor, Le llama Padre mío.

La Santísima Trinidad, rodeada de santos (boceto de Sebastiano Conca)

La Santísima Trinidad, rodeada de santos (boceto de Sebastiano Conca)

Oración de curación

Padre, alabo y glorifico tu bondad y tu amor. Te pido en el nombre de Jesús, tu amadísimo Hijo, que me envíes tu Espíritu Santo con todos sus frutos y dones.

Santifica con tu presencia mi cuerpo y mi alma. Concédeme una fe fuerte en ti y en tu Palabra.

Dame la gracia de amarte con todo el corazón y de ponerte en el primer lugar de mi vida, renunciando a todos mis ídolos, adicciones, pecados y apegos.

En tu infinita misericordia, ten piedad de mí, pobre pecador, y perdona mi culpa.

También yo perdono de todo corazón a todos los que me han ofendido en mi vida (N. N.).

Líbrame de todas las emboscadas y ataques del enemigo malo. Que no tenga ningún poder sobre mí. Líbrame de todas las seducciones del mundo que me apartan de ti y de tu voluntad. Líbrame de todas las debilidades de la carne que me empujan al pecado.

Sana mi cuerpo de todas las enfermedades y mi espíritu de toda angustia, tristeza y confusión. Tú sabes lo negativo que he vivido desde el día de mi concepción en el seno de mi madre.

Padre santo, con la gracia del Espíritu Santo sana mi corazón de todas las heridas, sobre todo de las que proceden del rechazo, la soledad, la falta de amor, el odio, la envidia, la indiferencia o la maldad de los hombres.

Dame un corazón nuevo, semejante al Corazón de Jesús, manso y humilde, lleno de alegría y de paz y rebosante de amor.

Hoy quiero comenzar una vida nueva y darte la gloria en todo, en todo lo que pienso, digo y emprendo. En esta peregrinación hacia ti quiero ser acompañado por María, mi amada Madre, y por todos tus ángeles y santos. Amén.

P. Sousa-Lara, oración de las Capuchinas de la Adoración Perpetua
Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. Sal 51,12

Padre, querido y buen Padre

Padre, querido y buen Padre,
te imploro desde lo hondo del corazón:
tú, mi Dios y mi Todo,
¡inclínate hacia mí!

No puedo expresar con palabras
lo que llena todo mi ser.
¡Mira y lee en mi corazón
lo que tú mismo escribiste en él!

Mira cómo anhelo ardientemente
amarte con hondura y fidelidad.
Conocer una sola preocupación:
que mi conducta te agrade.

Que tu santa voluntad
la conozca claramente en todo tiempo
y que, para cumplirla con alegría,
esté siempre dispuesto de corazón.

Padre, inclínate hacia mí,
mira cómo, con ánimo de niño,
lo más hondo de mi ser
orando extiendo ante ti.

Que tu reino aquí se despliegue,
que haya paz en nuestro tiempo
y que tus sacerdotes reflejen
el amor y la santidad de Cristo.

Oh, cómo quisiera por tu gloria
arder y consumirme,
para que todos los hijos de los hombres
se abran a tu amor.

Padre, querido y buen Padre,
inclínate desde las alturas del cielo.
Oye, en el anhelo de mi corazón,
la súplica de tu propio amor.

Mira cómo todavía tantas veces fallo,
cómo lucho día tras día,
y la fidelidad, tan ardientemente deseada,
aún no consigo alcanzar.

Ven en ayuda de tu hijo,
dame lo que quieres de mí.
Dámelo por amor de Jesús,
por María te lo suplico.

Mira cuánto desearía
gozar de tu favor,
para poder implorar tu plenitud de bendiciones
para todos los hombres.

Tú me has dado el querer,
concédeme ahora también el obrar.
Déjame arder en amor y anhelo
hasta el último aliento de mi vida.
Río Adda en Lombardía (pintura de Uberto Dell'Orto)

Río Adda en Lombardía (pintura de Uberto Dell'Orto)

Mira cómo el agua del Adda llega y sigue fluyendo … Si se quedara quieta, se formaría una charca maloliente. Así son también tus sufrimientos, tus lágrimas y tus luchas: vienen y van. Ten cuidado de no aferrarte a ellos. Todo pasa. Entrégalo todo a Dios … No mires a la persona que te causa un dolor, sino recíbelo de Su mano. Nada sucede por casualidad. Dios acompaña a Sus criaturas paso a paso. Él ciertamente quiere lo bueno para nosotros, aunque no comprendamos cada porqué. No te dejes desanimar, sigue siempre adelante y espera hasta que el sufrimiento pase. De las enseñanzas que la madre Eugenia recibió de niña de su abuelo, profundamente creyente
No habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!» Rom 8,15