¡Dios se lo pague!
El agradecimiento más hermoso y poderoso
Te alabaré de todo corazón, Dios mío, daré gloria a tu nombre por siempre. Sal 86,12
Este folleto del Movimiento Mariano de Sacerdotes y Laicos invita a redescubrir el venerable «Dios se lo pague» como el agradecimiento más hermoso y poderoso. Trata de la respuesta «Dios lo bendiga», del ejercicio de la gratitud hacia Dios y hacia los hombres, de la corriente de gracias de la santa Misa, de la llave del Sacratísimo Corazón de Jesús y de la gracia del momento presente, y presenta a santos agradecidos, como el hermano capuchino Félix de Cantalicio.
Contenido
- El «Dios se lo pague» en la balanza
- La gratitud enriquece nuestra vida
- El agradecimiento más hermoso y poderoso
- No olvidéis la Buena Intención
- Una luz para nuestra conciencia
- Un poderoso remedio
- La corriente de gracias de la santa Misa
- La llave del Sagrado Corazón de Jesús
- Dar gracias con la Madre de Dios
- La gracia del momento presente
- La gran letanía de acción de gracias
- Hermano Deogratias
El «Dios se lo pague» en la balanza
El siguiente suceso verídico ocurrió en el año 1852 en la pequeña ciudad de Albendorf, en la región de Glatz, entonces todavía austríaca.
Una pobre obrera, cuyo marido llevaba ya mucho tiempo postrado por la enfermedad, quiso pedirle al carnicero un trozo de carne para hacer un caldo sustancioso. Le expuso su ruego al maestro carnicero. Pero este movió la cabeza y dijo: «No me gustan esa clase de clientes. Quiero ver dinero contante». «Gratis tampoco lo quiero», dijo la viejecita. «Te doy un “Dios se lo pague”, que pesa bien». Burlón, replicó el carnicero: «¿Cuánto va a pesar ese “Dios se lo pague” tuyo? Enseguida lo veremos». Toma un trozo de papel, escribe en él las palabras «Dios se lo pague» y lo pone en uno de los platillos de la balanza. Pero, mira por dónde, no da crédito a sus ojos. De un tirón, ese platillo baja hasta abajo. Corta deprisa un trozo de carne de la mesa de al lado y lo pone en el otro platillo. Este ni se mueve. Pone encima un segundo trozo, un tercero, y hasta toda la carne que tiene sobre la mesa. Pero no consigue levantar el platillo del «Dios se lo pague». Este permanece hundido; el otro, con toda aquella carne, permanece arriba. El carnicero no sale de su asombro.
Mueve la cabeza y dice: «Esto es increíble, pero lo veo con mis propios ojos: el “Dios se lo pague” pesa más que toda mi carne».
Le dio a la sorprendida mujercita un buen trozo y, de ahí en adelante, estimó mucho un «Dios se lo pague».
En mi infancia oí contar esta historia una y otra vez. La atestiguan quienes la vivieron en tiempos de nuestros bisabuelos.1
Porque el mundo entero es ante ti como un grano en la balanza. Sab 11,20
1 P. Buenaventura Blattmann OFM, Vergelt's Gott, Imprimatur: Augsburgo, 30 de mayo de 1938, vic. gen. Dr. Eberle.
La gratitud enriquece nuestra vida
La frecuencia con que la Sagrada Escritura nos exhorta a la gratitud y a la acción de gracias no deja lugar a dudas sobre su importancia para nuestra vida espiritual. Muchos salmos rebosan literalmente de muestras de agradecimiento, y san Pablo no se cansa de exhortar a la comunidad a dar gracias.
Dios envuelve a las almas agradecidas con un amor de predilección y las colma literalmente de Sus favores, pues a cada acción de gracias sincera que ofrecemos a Dios, nuestro mayor bienhechor, Él une enseguida una gracia nueva, conforme a nuestras necesidades personales. Resulta interesante, en este sentido, que las palabras gracias (Gratias) y gracia (Gratia) procedan de la misma raíz latina.
Santo Tomás de Aquino explica así la relación entre gracia y acción de gracias: la gratia es la benevolencia de Dios que se comunica, con la cual hace a un hombre grato a Sus ojos, y la gratiarum actio es la respuesta que la gracia suscita en el hombre a este don inmerecido.
Solo cuando la gracia se convierte en acción de gracias ha alcanzado su meta. La ingratitud, en cambio, se revela como caída en desgracia. Qué dolor sentimos cuando nuestro esfuerzo por hacer el bien a nuestros semejantes tropieza con la ingratitud o con una actitud superficial de dar las cosas por sentadas. Pero mucho más se ofende a Dios por la vil ingratitud de Sus criaturas. Ya en el Antiguo Testamento dice el libro de la Sabiduría: para que supieran que hay que adelantarse al sol para darte gracias y salir a tu encuentro al rayar el alba. Pues la esperanza del ingrato se derrite como escarcha invernal y se escurre como agua inservible. (Sab 16,28-29)
Y qué triste suena la pregunta de nuestro Salvador tras la curación de los diez leprosos: ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? (Lc 17,15-18)
La palabra alemana «danken» (dar gracias) procede de «denken» (pensar). Agradecido es quien piensa en los beneficios recibidos en lugar de olvidarlos, y quien también muestra ese no olvidar con palabras y obras.
Como receptores de dones, tocamos con mucha frecuencia nuestros límites. Que nunca podremos pagar a Dios, ni siquiera de lejos, lo que Él nos hace de bueno en cada instante, lo sabemos bien; pero ¿no ocurre también que, en muchas situaciones de nuestra vida, nuestras muestras de agradecimiento hacia nuestros bienhechores quedan igualmente muy por debajo de lo recibido? Precisamente en esos momentos es un alivio inmenso pedir al Padre del cielo, con la fórmula popular de agradecimiento «Dios se lo pague», que pague a nuestros bienhechores lo que hemos podido recibir de ellos.2
A mis padres te encomiendo, guárdalos para mí, Dios querido.
Como yo no puedo, paga tú, oh Dios, el bien que me han hecho.
2 Cf. P. Dr. Bernward Deneke FSSP, Informationsblatt der Priesterbruderschaft St. Petrus, ago./sept. 2025.
El agradecimiento más hermoso y poderoso
El santo franciscano P. Buenaventura Blattmann (1860-1942) escribe en su opúsculo titulado Vergelt's Gott sobre el valor inmenso de la gratitud practicada por amor de Dios. Conmueve el diálogo, filial y lleno de amor, entre este religioso agraciado con dones místicos y nuestro Señor Jesucristo.3
3 El P. Buenaventura fue de 1903 a 1912 provincial de los franciscanos de Baviera. Tras una grave enfermedad se dedicó, hasta su muerte, a la Guardia de Honor del Inmaculado Corazón de María, fundada por él, sobre todo mediante la difusión de opúsculos. En 1932 fundó la Archicofradía del Sacratísimo Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María.
La Última Cena
La ley de la gratitud
Jesús: Alma querida, ¿has pensado ya en la gratitud?
Alma: No, amadísimo Jesús. Te ruego que me instruyas. Mira, tengo hambre y sed de las palabras de tu amor.
Jesús: Sabe, alma buena, que la ley de la gratitud está ya puesta en la naturaleza misma del hombre. Por eso, incluso muchos infieles y paganos practican la gratitud. Sí, tú misma has comprobado que hasta algunos animales son agradecidos y fieles a sus bienhechores. En cambio, hay hombres que se dejan guiar más por sus pasiones que por la ley de la naturaleza.
Pero como Yo soy el Dios de la bondad y de la misericordia y no quiero que nadie se pierda, he recordado a los hombres, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, a menudo y con palabras claras, el deber de la gratitud. Mi amor por las almas fue aún más lejos. Les enseñé la gratitud hacia Dios y hacia los hombres también con Mi ejemplo. Repetidas veces se dice de Mí: «Jesús levantó los ojos al cielo y dio gracias».
Pero sabe, alma amada, que también en el Santísimo Sacramento del amor doy gracias al Padre celestial por todo el amor, la gracia y la misericordia que Él concede a las almas de manera totalmente inmerecida. En el Santísimo Sacramento ofrezco también al Padre celestial la acción de gracias de desagravio y reparación por todas aquellas almas que no dan gracias y que ni siquiera quieren comprender que están obligadas a la más santa acción de gracias hacia Dios.
Considera además, querida alma, que en el Santísimo Sacramento Yo mismo estoy, en cierto modo, agradecido a las almas que vienen con buena voluntad a visitarme, a testimoniarme su amor, a consolarme y a ofrecerme desagravio y reparación por aquellas almas que no se acuerdan de Mí.
A estas almas buenas Me muestro agradecido consolándolas, iluminándolas, aumentando en ellas el amor y la gracia, dándoles fuerza para el combate contra las tentaciones, llenándolas de santa alegría para el ejercicio de su vocación y concediéndoles gran paciencia y fortaleza en la cruz y en el sufrimiento, para poder soportarlos con mérito para la eternidad. Y ahora te pregunto, querida alma: ¿quieres seguirme en la gratitud?
Alma: Lo haré de buen grado y con mucho amor. Pero te ruego, amadísimo Jesús, que me digas cómo debo practicar la gratitud.
Nunca podré, Señor, darte gracias bastantes.
Que cada aliento sea una acción de gracias a ti.
Que cada latido del corazón te dé gracias,
hasta el último latido del último día.
Entonces te dará gracias cada pensamiento
con un eterno gracias, gracias, gracias.
La Santísima Trinidad (El Greco)
Ejercicio de la gratitud hacia Dios
Jesús: Considera bien, alma querida, que toda tu vida está llena de beneficios de Dios. Cada aliento es ya un regalo de Dios. Aún más grandes y valiosas son las innumerables gracias sobrenaturales que te llegan cada día. Con razón exhorta por eso la santa Iglesia a los fieles, en el prefacio de la santa Misa, a dar gracias a Dios siempre y en todo lugar.
Alma: Pero, amadísimo Jesús, ¿cómo debo decirlo cuando quiero dar gracias a Dios?
Jesús: En la acción de gracias a Dios hay muchos grados. Las expresiones más sencillas de agradecimiento son: Te doy gracias, oh Dios. O bien: Gracias a Dios. Mira, ya estas palabras de agradecimiento no solo hacen a tu alma mucho más agradable a Dios, sino que además la adornan con una serie de virtudes. Con la virtud de la gratitud practicas, en efecto, también la virtud de la fe, del amor y de la humildad. Por eso, con cada acto de agradecimiento Me eres mucho más agradable. Pero si vas un poco más allá y al dar gracias dices: A Dios sea ofrecida alabanza, gloria y acción de gracias, entonces, además de los actos de virtud mencionados, ofreces a Dios también la alabanza. Con ello tu alma se enriquece de nuevo mucho más.
Tu agradecimiento adquiere un valor incomparablemente mayor cuando, al dar gracias, haces actuar la voluntad. Lo haces cuando, en las ocasiones que se presentan, dices: A Dios sea ofrecida, en nombre de todas las almas y por todas ellas, alabanza, gloria y acción de gracias. Si lo haces así, no das gracias solo tú, sino que Me ofreces la acción de gracias de todas las almas y al mismo tiempo Me ofreces desagravio y reparación por todas aquellas almas que no Me dan gracias. Con ello alcanzas en gran medida el amor y la complacencia de Dios y atraes la misericordia de Dios sobre las almas.
Alma: Pero, amadísimo Jesús, ¿cómo debo hacerlo si quiero darte gracias siempre y en todo lugar a ti, al Padre y al Espíritu Santo?
Jesús: Esta pregunta tuya alegra Mi Corazón, y con gozo te digo que el medio para ello es el obrar de la voluntad. Para este fin, haz con frecuencia el siguiente acto de voluntad: A la Santísima Trinidad sea ofrecida infinitas veces, siempre y en todas partes, en nombre de todas las almas y por todas ellas, alabanza, honor, gloria y acción de gracias por todo, de eternidad en eternidad. Con este acto eterno de acción de gracias Me ofreces la acción de gracias en nombre de todas las almas y por todas ellas no solo una vez, sino infinitas veces, y esta acción de gracias tuya perdurará y seguirá obrando por toda la eternidad, porque Dios en todo mira a la voluntad.
Alma: Oh amor eterno, qué bueno eres, que me has instruido con tanto cariño sobre la gratitud hacia Dios.
Oh, dime también, te ruego, cómo debo dar gracias a los hombres.
Ejercicio de la gratitud hacia los hombres
Jesús: Advierte bien, alma que amas a Dios, que también en la gratitud hacia los hombres hay muchos grados, de modo semejante a la acción de gracias a Dios. Los hombres mundanos y todos los que se dejan dominar por el espíritu del mundo practican la gratitud por motivos puramente naturales, por ejemplo porque es lo usual, o porque es lo debido dar las gracias. Mira, un agradecimiento así solo acarrea una recompensa puramente natural. Es cierto que Yo recompenso de diversas maneras este agradecimiento a las almas, pero solo en este mundo. Si, en cambio, dices gracias por amor a Dios, o porque Dios quiere que seas agradecida también con los hombres, entonces practicas la virtud de la gratitud por un motivo sobrenatural. Mira, un acto de agradecimiento así lo recompenso con bienes sobrenaturales y eternos. Creces en la gracia santificante y adquieres méritos para el cielo. Incomparablemente más valioso, más agradable a Mí, más eficaz y más fecundo en bendiciones es, sin embargo, el agradecimiento del «Dios se lo pague».
Del «Dios se lo pague»
Jesús: Grábate bien, querida alma, lo que te digo ahora. Si das las gracias con un «Dios se lo pague», Me pides que pague a esa alma el bien que te hizo. Esta petición tuya la escucho con mucho gusto y recompenso abundantemente al alma que te hizo el bien, según la medida de su capacidad de recibir. Pero aún mucho mayor es el provecho que obtienes tú misma cuando das las gracias con un «Dios se lo pague». Pues con el «Dios se lo pague» haces al alma que te hizo el bien, la mayoría de las veces, un favor mucho mayor que el que ella te hizo a ti. Con esta obra de caridad alegras Mi Corazón y te recompensaré por ella con creces. Además de la virtud de la gratitud, practicas la virtud de la fe, de la confianza en Dios, del amor a Dios y al prójimo, de la verdadera piedad, de la prudencia y de la humildad. De ahí ves que tu alma, después de cada «Dios se lo pague» sincero, resplandece con un adorno de virtudes mucho más glorioso. Y después de cada verdadero «Dios se lo pague» recibes también un aumento multiplicado de la gracia santificante, y todo lo que haces después tiene un valor espiritual mucho mayor que antes. ¿Ves ahora, querida alma, qué gran provecho espiritual aporta a tu alma el «Dios se lo pague»?
Nada hace al hombre tan digno de los dones divinos como la constante gratitud hacia Dios por los dones recibidos. San Ignacio de Laconi
Concede, oh Dios, que a cuantos nos han hecho bien en el cuerpo y en el alma nunca les falte el pan del cielo y de la tierra.
Alma: Oh tú, mi buen Jesús, cuán hondamente duele a mi alma haber sufrido tantos daños por haberme conformado tantas veces con un agradecimiento puramente mundano. En adelante, sin embargo, en todos los casos diré siempre únicamente «Dios se lo pague». Oh Jesús, te ruego que bendigas este mi propósito.
Del «Dios lo bendiga»
Jesús: Con gran amor cumplo tu petición. Pero, alma querida, no te quedes a medio camino, sino da también siempre la respuesta adecuada al «Dios se lo pague». Esta es «Dios lo bendiga». Si respondes con un «Dios lo bendiga» al alma que te dice «Dios se lo pague» por algo, la bendición de Dios se derrama en plenitud sobre las dos almas.
Oh, si los hombres supieran cuánto anhela Mi Corazón prodigar a las almas gracias, bendiciones y beneficios, corresponderían a este Mi amor. Pero solo pocos lo desean. Con «Dios se lo pague» y «Dios lo bendiga», dos almas Me dan la alegría de pedirme con amor la una por la otra. Con estas peticiones mutuas, ambas almas practican una obra de misericordia espiritual. En verdad, con alegría atiendo las peticiones de las dos almas, y no pongo límite ni a la recompensa ni a la bendición, de modo que superan con mucho, en todos los sentidos, todas las recompensas terrenas. Pero todavía mucho más valiosa es la ganancia de gracia y de virtud que ambas almas obtienen para sí mismas con sus peticiones.
El valor acrecentado del «Dios se lo pague»
Jesús: Puesto que veo, querida alma, que tu corazón desea con ansia darme mucha alegría con el «Dios se lo pague» y con el «Dios lo bendiga», quiero advertirte cómo puedes hacer aún mucho mayores los efectos de ambas peticiones.
Alma: Oh Jesús, ¿hay algo todavía más grande que lo que me has dicho sobre el «Dios se lo pague»?
Jesús: Ciertamente, hija Mía, el medio para ello es tu libre voluntad. En la libre elección de tu voluntad puedes decir sencillamente «Dios se lo pague». Pero también puedes decir: «Mil veces Dios se lo pague». Con esto último Me pides que pague el don no solo una vez, sino mil veces. Con esta petición multiplicada Me das una alegría mucho mayor que con el sencillo «Dios se lo pague». Por eso también el valor y la eficacia del «Dios se lo pague» mil veces repetido son mucho mayores. Aunque esta petición reforzada es tan grande y tan agradable a Mí, hay en ella, sin embargo, cierta limitación. No te contentes, pues, con ello, sino añade al «Dios se lo pague» la palabra «eternamente». Si sigues este consejo, no solo Me alegras, sino que Me honras como Dios verdaderamente todopoderoso, eternamente bueno y misericordioso. Pero haces también al alma a la que das las gracias con un «Dios se lo pague eternamente» una obra de misericordia incomparablemente mayor que si das las gracias con un «Mil veces Dios se lo pague». Exactamente lo mismo vale también para «Dios lo bendiga eternamente».
Pero puedes hacer el «Dios se lo pague» y el «Dios lo bendiga» todavía mucho más preciosos, valiosos y meritorios. El medio para ello es la gran buena intención.
Haz, pues, para toda tu vida el acto de voluntad de decir siempre, en nombre de todas las almas y por todas las almas, «Dios se lo pague eternamente» y «Dios lo bendiga eternamente». Con este acto Me ofreces el agradecimiento de todos los hombres, también de aquellos que nunca Me dan gracias. Para que este gran acto de voluntad del agradecimiento universal no se debilite en ti, te aconsejo que lo renueves con frecuencia. Pero no dejes pasar tampoco ninguna ocasión de practicar la misericordia, para que a menudo te corresponda un «Dios se lo pague eternamente» y un «Dios lo bendiga eternamente». Si todas las almas obraran así unas con otras, no solo crecería mucho más el amor en los corazones, sino que también la bendición de Dios se desplegaría mucho más y llegaría a una eficacia espiritual cada vez mayor.
Ahora que, querida alma, estás instruida sobre el alto valor del «Dios se lo pague» y del «Dios lo bendiga», procura que también lo sepan aquellas almas que nada saben de estas fuentes de gracia. Si lo haces, participas de todos los efectos que resulten de tu enseñanza.4
dando gracias a Dios Padre,
que os ha hecho capaces
de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Col 1,12
4 Vergelt's Gott, también p. 26 y p. 27.
El saludo a Dios
Jesús: Lo mismo que con el dar gracias ocurre con el saludar. El saludo mutuo «Buenos días» no sirve de nada a las almas. En cambio, el saludo sincero y mutuo «Dios te guarde» reporta a quienes se saludan gran provecho, incluso ganancia eterna. Yo escucho con gusto la petición contenida en este saludo y saludo a las almas dirigiéndoles Mi amor y Mi gracia.
Pero todavía incomparablemente más fecundo en bendiciones es el saludo «Ave María» o «Alabado sea Jesucristo».
Considera, querida alma: si ya un «Dios se lo pague» o un «Dios lo bendiga» de un alma que está en estado de gracia aporta tan gran ganancia espiritual para la eternidad, cuánto mayor no será la recompensa por las obras de obediencia, de amor, de misericordia y de abnegación, por la recepción de los santos sacramentos, así como por el soportar con paciencia la cruz y el sufrimiento, sobre todo cuando estas obras Me son ofrecidas en nombre de todas las almas y por todas ellas.
Oh querida alma, sé, pues, diligente y aprovecha toda ocasión de hacer el bien, y sabe que Yo estoy siempre dispuesto a ayudarte y a enriquecerte espiritualmente.
Alma: Sea ofrecida a ti, oh buen Salvador, eternamente, en nombre de todas las almas y por todas ellas, alabanza, honor, gloria y acción de gracias por la inmensa bondad y misericordia con que me has instruido con tanto cariño. Estoy firmemente decidida a cumplir fielmente tu voluntad. Oh, concédeme para ello tu gracia, te ruego.
Te alabamos y te bendecimos y te damos gracias, oh Santísima Trinidad, por todo tu amor, tu gracia y tu misericordia, de eternidad en eternidad.
Saludad a cada uno de los santos en Cristo. Flp 4,21
No olvidéis la Buena Intención
La mística alemana Mechthild Thaller-Schönwerth (1868-1919) escribe: Hoy estuvo conmigo el difunto padre Policarp. Me dijo, como agradecimiento por la liberación del purgatorio: «Ayuna, reza, da limosna, practica la abnegación y la obediencia, y te salvarás.
En todo lo que hagas despierta la Buena Intención de hacerlo en el nombre de Jesús y con los sufrimientos de Jesús, y llegarás a ser santa y perfecta.
Si pudiera volver a la vida solo una hora más, no haría otra cosa que hablar del valor inmenso de la «Buena Intención».
«Si lo hubiera sabido todo como ahora, no habría predicado otra cosa que: ¡No olvidéis la Buena Intención!
Por la Buena Intención constante se aprende la perfecta obediencia, el perfecto arrepentimiento, y se llega a un amor tan ardiente que ya no se puede pensar en nada más que en Dios.
Por la Buena Intención constante llegarás a ser santa.
¡Te digo esto como agradecimiento por tu oración!»5
Padre celestial, te ofrezco todo lo que haga, ofrezca y padezca, unido a los méritos de Jesús y de María, en nombre de todas las almas y por todas las almas de toda la triple Iglesia, con la voluntad de obrar y seguir obrando así por toda la eternidad. Amén. Prof. Albert Drexel
5 Die Vertraute der Engel, Leben der Mystikerin Mechthild Thaller-Schönwerth, Jestetten 1992.
Una luz para nuestra conciencia
Según san Ignacio de Loyola, la gratitud es un medio indispensable para un examen de conciencia bueno y fructuoso. Donde las estancias del alma son iluminadas con la gratitud practicada a diario, los movimientos disolventes del mal humor y de la insatisfacción, que en último término nacen del amor propio, no pueden alcanzar el predominio en nuestra alma.
Con la luz de la gratitud pueden descubrirse a estos «ladrones de alegría» y tratarse con los remedios adecuados. Porque apenas es posible estar insatisfecho y agradecido al mismo tiempo. Visto así, el ejercicio de la aceptación agradecida, vivida cada día, de lo que Dios nos pide, es ejercicio y prueba de todas las virtudes.
La madre de la gratitud es la humildad, que por así decir le da la vida, igual que la soberbia engendra la ingratitud. Las hermanas de la gratitud son la alegría y el contento, que caminan alegres con ella por la vida y están acompañadas de muchas otras virtudes.6
Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día.
Porque te han despreciado, porque tienes lo necesario o porque no lo tienes, porque hizo a su Madre, que es también tu Madre, tan hermosa, porque creó el sol y la luna, las plantas y los animales, porque hizo a aquel hombre tan elocuente y a ti tan premioso de palabra... Dale gracias por todo, porque todo es bueno. San Josemaría Escrivá
6 Cf. Geist und Leben, Zeitschrift für Aszese und Mystik, Würzburg 1956, cuaderno 4, p. 286 s.
Un poderoso remedio
Precisamente porque Dios se alegra tanto de la gratitud de Sus criaturas, esta virtud tan atractiva, con la que enriquecemos también a nuestros semejantes, debería ser una preocupación de nuestro corazón. Y apenas hay una medicina que refresque, sane, fortalezca y haga receptiva el alma a la gracia de Dios de manera semejante.
Del mismo modo, desactiva toda forma de influencias negativas, pues nos dispone a devolver bien por mal y a perdonar a todos los que no nos quieren bien.7
La gracia de ser agradecidos en cada momento de la vida, tanto si ese momento tiene rasgos de alegría como de dolor, es fruto de la confianza creyente en que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien. (Rom 8,28) La gratitud es el secreto de una persona alegre y contenta, como lo expresa la siguiente historia:
En un animado grupo de italianos, una joven se sintió de pronto tan conmovida por la vista de un pequeño sacerdote anciano, cuyo rostro irradiaba una alegría extraordinariamente profunda, que se acercó a él y le preguntó:
«Perdone si le pregunto tan directamente, pero ¿por qué está usted tan lleno de alegría? ¿Tiene algún motivo especial?». – «Oh, no, es más bien mi pequeño secreto. Pero se lo voy a revelar», dijo él sonriendo. «Tengo 95 años. Cuando tenía cinco años, comprobé con tristeza que la gente se quejaba constantemente por el más mínimo motivo, y eso me escandalizó. Sentí también que Jesús estaba triste por ello. Así que hice un pacto con Él y le prometí que durante los próximos 100 años de mi vida nunca me quejaría; que, al contrario, lo alabaría por todo, por los días buenos y por los malos, y que siempre honraría el don de la vida. Y debo decir que he cumplido mi promesa. Durante todos estos años en que he alabado la vida, el mal no ha podido hacerme nada, ¡y así he esquivado a todos los demonios!».
Este sacerdote de casi 100 años demostró con su vida que la gratitud había hecho de él un hombre feliz. La alegría agradecida quiere comunicarse, produce buenas obras. Si ya he recibido tanto, quiero compartirlo con otros. Por eso las personas agradecidas son queridas. Traen contento y cierta serenidad risueña, incluso cuando también ellas tienen no poco que llevar. Simplemente se está a gusto con ellas, lo cual aumenta la felicidad de ambas partes.
Quien no es agradecido se queja pronto y critica, lo cual solo aumenta la insatisfacción y agranda el mal. Pero si nuestro corazón está lleno de gratitud, no hay en él lugar para los celos, la envidia, la venganza, el rencor, la ira, la avaricia, el abatimiento ni siquiera la desesperación. Por eso la gratitud es el mejor remedio cuando experimentamos en nosotros estos vicios, de los que a menudo sufrimos. Sí, se puede decir de verdad: la gratitud es una llave de la felicidad.8
Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. 1 Tes 5,18
Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados. Yo os aliviaré. Invocadme, Yo os escucharé; buscad y encontraréis, pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá. Inscripción de la imagen «Jesús como médico y boticario»
7 Cf. Geist und Leben.
8 Cf. Triumph des Herzens, Dankbarkeit der Schlüssel zum Glück, N.º 122.
Cristo como boticario
La corriente de gracias de la santa Misa
Jesús: Grábate hondamente, querida alma, que la santa Misa es el mismo sacrificio que Yo ofrecí en la cruz a Mi Padre celestial para la redención del mundo. Como el sacrificio de la cruz, también el sacrificio de la Misa es un sacrificio de valor infinito, porque Yo, Dios igual que el Padre y el Espíritu Santo, Me ofrezco en cada Misa al Padre celestial.
Ofrecer y oír la santa Misa es, por eso, de todas las buenas obras la de mayor valor. Así como el sol brilla más y es más útil a la tierra que todas las estrellas juntas, así también ofrecer y oír la santa Misa vale más que todas las buenas obras de todos los hombres juntas. Todas las buenas obras son solo obras humanas. En la santa Misa, en cambio, ofreces Mi Cuerpo y Mi Sangre, y a Mí mismo, el Hijo unigénito de Dios. Asiste, pues, querida alma, a la Misa siempre que te sea posible.
La santa Misa es el más sublime sacrificio de adoración y de alabanza. Dios es la majestad eterna e infinita, compendio de todas las perfecciones, Señor del cielo y de la tierra. A Él se le debe infinito homenaje, alabanza y gloria. Pero ninguna criatura, ni siquiera María, Mi queridísima Madre, puede por sí misma adorar, alabar y glorificar a Dios como Él lo merece. Solo Yo, el Hijo de Dios, puedo honrar, alabar y glorificar dignamente a la divinidad, y en cada Misa ofrezco a Dios infinita adoración, alabanza y gloria, tal como Le corresponden.
Por el sacrificio de la santa Misa puedes también tú, querida alma, ofrecer a la divina majestad infinito homenaje, adoración, alabanza y gloria, siempre que asistas a ella con recta intención. Oh, alégrate y ofrece con fervor a Dios el sacrificio de adoración y de alabanza de la santa Misa. La santa Misa es el más perfecto sacrificio de acción de gracias.
Por las innumerables gracias y beneficios de los que Dios te hace partícipe sin cesar, no puedes dar gracias como corresponde a Dios. Lo que no puedes por tus propias fuerzas, Yo lo he hecho posible. En cada santa Misa Me ofrezco, con el más alto espíritu de agradecimiento, a Mi Padre celestial como perfecto sacrificio de acción de gracias. Conmigo y por Mí puedes también tú, querida alma, en cada santa Misa a la que asistas con espíritu de agradecimiento, dar gracias a Dios de modo perfecto.
Por Mí y por Mi sacrificio eucarístico te has hecho tan rico que puedes consagrar al Padre celestial un contradón inefablemente alto, en agradecimiento por todos Sus beneficios. Pero la gratitud es también una virtud magnífica. Por eso no deberías dar gracias a Dios solo en la santa Misa, sino siempre y en todo lugar.
La santa Misa es el sacrificio de expiación y de satisfacción plenamente suficiente. El pecado es una ofensa infinita a Dios. Ningún hombre es capaz de ofrecer expiación y satisfacción de pleno valor ni siquiera por un solo pecado. Por eso Me compadecí de la humanidad y Me ofrecí en el madero de la cruz al Padre celestial como expiación y satisfacción. Este sacrificio de expiación y de satisfacción lo continúo en la santa Misa. […]
Jesús, Señor lleno de bondad, verdadero pelícano, lava con tu sangre lo que he obrado mal.
Una sola gota de esta sangre basta para la salvación, borra cuanto crimen cargó jamás la tierra. Santo Tomás de Aquino
Como sacrificio de satisfacción, el santo sacrificio de la Misa obtiene la remisión de las penas del pecado que, después del perdón de tus pecados, tendrías que expiar en la tierra o en el purgatorio.
Esta remisión de las penas del pecado es tanto más perfecta cuanto más libre estés de apego al pecado. El sacrificio de satisfacción de la santa Misa puedes aplicarlo también a las almas del purgatorio; es más, no puedes prestarles mejor servicio que asistiendo a la santa Misa por ellas o haciéndola celebrar por ellas.
La hora de la santa Misa es verdaderamente una hora de oro, porque por ella toda tu jornada de trabajo se transforma en oro de valor eterno.
Dios, que ve tu deseo, hace que el efecto de la santa Misa se derrame también sobre ti y sobre tu jornada de trabajo.
La santa Misa te obtiene, querida alma, también muchos beneficios temporales. Bendición para tu profesión, consuelo, ánimo, ayuda en tus necesidades. Pero como no sabes qué te conviene para tu salvación, añade siempre a tus peticiones temporales la condición: «Si es la voluntad de Dios», «Si conviene para la salvación». En todo caso, es seguro que en todas tus intenciones encuentras con la mayor seguridad el ser escuchada cuando unes tus peticiones en la santa Misa con Mi intercesión, porque por Mi sacrificio se cumplen con más seguridad, antes y plenamente.
Al asistir a la santa Misa creces en el amor y en la gracia de Dios, y por eso todo lo que haces durante el día tiene un valor incomparablemente mayor que si no hubieras asistido a la santa Misa. Pero si te es realmente imposible asistir a la santa Misa, participa al menos en ella con el deseo y el anhelo. Sí, te aconsejo que hagas la intención de querer participar todos los días en todas las santas Misas.9
Oh Jesús, por tu muerte y tu santa sangre convierte a los pecadores, salva a los moribundos, libera a las almas del purgatorio, santifica a los sacerdotes, a los religiosos y a las familias.
9 P. Buenaventura Blattmann OFM, Gnadenströme, Imprimatur: August Vindel, 4 de mayo de 1934, vic. Gen. Dr. Eberle.
Santa Margarita María Alacoque
La llave del Sagrado Corazón de Jesús
En la octava del Corpus, en junio de 1675, Jesús mostró a santa Margarita María Alacoque Su Divino Corazón y le dijo:
He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres que no se ahorró nada, sino que se entregó y se consumió del todo para probarles Su amor. En pago, de la mayoría solo recibo ingratitud, por la frialdad y el desprecio que Me muestran en este Sacramento de amor. Pero lo que más Me duele es que también almas que Me están consagradas obren así contra Mí. Por eso te pido que el primer viernes después de la octava del Corpus se instituya una fiesta especial en honor de Mi Sacratísimo Corazón. Ese día se ha de recibir la santa Comunión y Me han de ofrecer, con solemne acto de desagravio, reparación de honor, para expiar las ofensas que se infieren al Santísimo Sacramento del altar […].
Cuando visitamos a Jesús una y otra vez en el Sacramento de Su amor y Le damos gracias por todo lo que ha hecho por nosotros, consolamos Su Sacratísimo Corazón y Le ofrecemos reparación por la ingratitud y la indiferencia de tantas almas. De este modo recibimos innumerables gracias para nosotros mismos y para todos aquellos que Dios ha confiado a nuestra oración. Pues la gratitud es la llave de la cámara del tesoro del Sacratísimo Corazón de Jesús.
¡Honor, amor y gracias al Sacratísimo Corazón de Jesús! Oración indulgenciada
Pero aun cuando no siempre tengamos la ocasión de visitar a Jesús en el misterio de Su amor y de recibirlo sacramentalmente, tenemos siempre la posibilidad de saludarlo, adorarlo y recibirlo de manera espiritual con agradecimiento amoroso, mediante nuestro anhelo ardiente, en todos los sagrarios del mundo.
Santa Teresa del Niño Jesús dio a su hermana de sangre Celina este consejo: Lo que atrae más gracias de Dios es la gratitud. Cuando Le damos gracias por un beneficio, Él se conmueve y se apresura a concedernos diez más.
Si luego Le damos gracias de nuevo con la misma sinceridad, ¡qué incalculable multiplicación de las gracias!
Yo misma lo he experimentado: pruébalo y verás. Mi gratitud es ilimitada por todo lo que Él me da, y se la demuestro de mil maneras.
Cuanto más modesta y humilde es un alma, tanto más agradecida, pero también tanto más fuerte llega a ser en la fe de que también el sufrimiento es un don de Dios.
Te doy gracias, oh Dios mío, por todas las gracias que me has concedido, en particular por haberme hecho pasar por el crisol del sufrimiento. En el último día te contemplaré con alegría, llevando el cetro de la Cruz. Puesto que te has dignado darme en lote esta Cruz tan preciosa, espero parecerme a ti en el Cielo y ver brillar sobre mi cuerpo glorificado los sagrados estigmas de tu Pasión. Santa Teresa del Niño Jesús
Padre celestial, por el Inmaculado Corazón de María te ofrecemos, en nombre de todas las almas y por todas las almas, infinitas veces según la voluntad y sin cesar, el Sacratísimo Corazón de Jesús, con todo Su amor y con todos Sus sufrimientos, con Su Preciosa Sangre, con todos Sus méritos y con toda Su vida y obra eucarística, como expiación y satisfacción por todos nuestros pecados y para la glorificación de todos tus santos designios. P. Buenaventura Blattmann
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación. Sal 115,12-13
Cuando la tomo, esa copa enrojecida con la sangre de mi Señor, y en alegre acción de gracias mezclo mi sangre con la del santo Cordero, esta participa de Su Infinitud y puede procurar al Padre un honor altísimo. Entonces mi sufrimiento es un mensaje que lleva el honor del Padre. Santa Isabel de la Trinidad
La Visitación de María – María con Isabel
Dar gracias con la Madre de Dios
Cada día toda la Iglesia canta y reza, unida a la Madre de Dios, el gran himno de alabanza del Magníficat, para glorificar al Dios Trino y darle gracias en nombre de toda la humanidad. Cuanto más dejamos que María alabe y dé gracias a Dios en nosotros, tanto más nos hace partícipes de sus magníficas gracias y méritos. Estos son tan grandes y sublimes que la agraciada abadesa sor María de Ágreda escribe: Ella sola, el tesoro del Rey supremo y el santuario del «gran misterio», Le ofreció, en su propio nombre y en el de todo el género humano, mucha más veneración y acción de gracias que todos los ángeles y hombres juntos.10
Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. Lc 1,46-55
10 María von Agreda, Leben der jungfräulichen Gottesmutter Maria, Jestetten 1982, vol. II, p. 144.
La muerte, puerta a la vida
La gracia del momento presente
Jesús: Querida alma, ¿has considerado ya la importancia de un instante?
Alma: No, mi buen Jesús. Oh, te ruego que me instruyas sobre ello.
Jesús: Entonces escúchame y toma a pecho lo que te comunico. En cada instante están preparadas para ti, querida alma, tanto la gracia como la prueba. Ambas están, por así decir, siempre ante tu puerta. Pero esto es cierto: que Yo siempre voy por delante con Mi amor y Mi gracia, antes de dejar venir sobre ti un sufrimiento o una prueba. Es verdad que a ti no te lo parece así, pues en lugar de la gracia solo ves los sufrimientos. La razón es que la gracia se comunica al alma en lo más íntimo, mientras que los sufrimientos y las pruebas se acercan al alma casi siempre desde fuera. Se te dice, en particular, que no pocas veces uso a hombres como Mis instrumentos para infligirte los sufrimientos y pruebas que te están destinados. O también permito debilidades y enfermedades humanas bajo las cuales gimes, porque no quieres saber ni entender que todos estos sufrimientos no solo son grandes dones de gracia de Dios, sino que entre todos estos sufrimientos y pruebas están ocultas también las gracias más preciosas. Te he concedido, querida alma, un bien muy grande, y es el conocimiento. Si lo usas, puedes aprovechar de modo recto todos los sufrimientos y pruebas y cooperar también en todo lo que reconozcas como justo. Por el conocimiento y por los sufrimientos soportados en el sentido recto, estos se convierten en gracias, y por la gracia aprovechada en todo momento serás conducida a la íntima unión con Mi santísima voluntad. Cada instante puede encerrar un pensamiento o un acto de voluntad, una decisión, una autoinmolación o una separación de Mí. Sí, a menudo luchan y combaten dos poderes en el alma, y es en un instante cuando el alma se decide por el bien o por el mal. En un instante queda concluida, para este tiempo, una vida de treinta, cincuenta u ochenta años. Es en un instante cuando Yo mismo pronuncio la sentencia sobre el alma. Y de nuevo es en un instante cuando se comunica al alma si será eternamente feliz en el cielo o eternamente desdichada y condenada en el infierno.
Toda la vida está compuesta de puros instantes. Nadie puede contar todos los instantes que le fueron dados en toda su vida. Pero Dios los conoce todos. A Él tendrás también que rendir cuentas un día del uso de cada instante. Dichosas y bienaventuradas todas aquellas almas que tanto han cooperado con la gracia como han soportado los sufrimientos y las pruebas de tal modo que todo se convirtió para ellas en méritos eternos.
Aprovechamiento de los instantes
Ahora te digo, pues: orad sin cesar. (1 Tes 5,17) La oración es precisamente un medio principal con el que puedes aprovechar todos los instantes de modo recto. Porque si oras en todo momento, es decir, si en todo tienes una Buena Intención y te unes conmigo, todo lo que hagas, trabajes o padezcas te servirá de mérito. Otro medio muy importante para las almas son las jaculatorias. Pues mira, querida alma, si rezas jaculatorias en los instantes de gracia, el flujo de gracias será tanto mayor. Pero si rezas jaculatorias cuando estás en sufrimientos y pruebas, entonces, por las jaculatorias, todos los sufrimientos y pruebas se convierten en grandes fuentes de gracia. Así como el latido del corazón y el pulso siguen sin cesar, así debes cultivar también sin cesar la oración interior.
En el tiempo, en cambio, en que estás impedida por muchos trabajos, debes al menos dejar obrar a la voluntad. Pues como cada instante de la vida del hombre es tan precioso que ninguno debe perderse ni quedar sin aprovechar, debes dejar activa la voluntad muy especialmente en el tiempo del trabajo, y no solo para el presente del día de hoy, sino que debes querer obrar también por anticipado con la voluntad. Oh, esta actividad espiritual de la voluntad, tanto para ti misma como para todas las almas, con la que quieres santificar todos los instantes de todos los hombres y ofrecérmelos y sacrificármelos según Mi voluntad, y lo haces también, según la voluntad. Este es un campo de trabajo espiritual tan grande, del que brotan infinitos frutos espirituales y en el que se obra algo realmente grande en el tiempo para toda la eternidad. Cuando dije: He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! (Lc 12,49)
Mira, así quiero Yo de las almas que, todas encendidas en amor a Mí, pongan su vida a Mi servicio, conviertan todos los instantes en gracias y se santifiquen. Pero eso lo hacen poquísimas almas. Incluso muchas de aquellas almas que se llaman Mis siervos y siervas lo omiten. Como en todo, también en este punto puedes interceder con desagravio y reparación. Esto sucede, pues, haciendo y queriendo hacer todo en nombre de todas las almas y por todas ellas. Debes hacerlo de manera tan amplia que no seas solo generosa, sino verdaderamente magnánima. Mira, solo hace falta un instante para despertar un acto de amor, para vencerte aquí y allá, para seguir la invitación de la gracia y del amor de Dios o para ceder a la naturaleza corrompida. Todo ello puedes hacerlo por diversos motivos.
Por ejemplo, para que Yo te recompense eternamente por ello, o para probarme tu amor con hechos, o para que Yo te haga participar de Mi obrar eterno, o en nombre de todas las almas y por todas ellas, o para obrar por los designios e intereses de Dios. Cuanto más elevados y generosos son tus motivos, tanto más magnánimamente obras.11
11 P. Buenaventura Blattmann OFM, Leitsterne zum Himmel, Imprimatur: Augustae Vindel, 6 de junio de 1934, vic. gen. Dr. Eberle.
La gran letanía de acción de gracias
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Comienzo del prefacio
Señor, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
Dios, Padre celestial, ¡ten piedad de nosotros!
Dios Hijo, Redentor del mundo, ...
Dios Espíritu Santo, ...
Santísima Trinidad, un solo Dios, ...
Santa María, Madre de Dios, ¡entona tú primero el canto de acción de gracias!
Por la luz, la vida y toda la creación, ¡te damos gracias, oh Dios!
Por el pesebre, la cruz y la mañana de Pascua, ...
Por la paloma con las siete llamas del fuego del cielo, ...
Por la noticia del misterio de tu Santísima Trinidad, ...
Por la Reina del cielo, Madre de tu Hijo y madre nuestra, ...
Por el agua purificadora del bautismo sobre nuestra cabeza, ...
Por quien nos condujo a tu Iglesia, ...
Por el padre y la madre, los parientes y los amigos, ...
Por la patria, el gobierno y la lengua materna, ...
Por el pan de cada día, nuestro hogar y nuestro trabajo cotidiano, ...
Por el consuelo, la felicidad y la protección en los peligros, ...
Por las obras de penitencia que nos diste para practicar, ...
Por el cáliz amargo, pero fortalecedor, de los sufrimientos, ...
Por la gracia de la confirmación, como signo de los combatientes del Espíritu Santo, ...
Por el sacrificio del Cuerpo y la Sangre de Cristo, ...
Por el alimento diario con el pan del cielo, ...
Por Jesús, que habita entre nosotros en el altar, ...
Por el fortalecimiento en el tribunal de la penitencia, ...
Por el óleo para el alivio y la salvación de los enfermos, ...
Por el poder del sacerdote de invocarte, ...
Por la grandeza, el honor y la dignidad de la alianza matrimonial, ...
Por la Iglesia, que a todos nos eleva y congrega, ...
Por Pedro, con las llaves del reino de los cielos en sus manos, ...
Por tu sacerdocio real y pastoral, ...
Por las ramas florecientes de las órdenes religiosas en el árbol de la santa Iglesia, ...
Por la prueba más completa de la fe, ...
Por la esperanza de verte cara a cara, ...
Por la dicha de poder amar tu nombre y tu honor, ...
Por la ayuda de los ángeles en la lucha de la tierra, ...
Por el ánimo que sacamos de la obra de los santos, ...
Por todos los santos que interceden ante tu trono, ...
Por la pureza inmaculada de la Virgen María, ...
Por la Sagrada Escritura y la doctrina de la Iglesia, ...
Por todas las gloriosas victorias de tu reino, ...
Por todas las radiantes fiestas de la Iglesia, ...
Por haber escuchado nuestra oración por los difuntos, ...
Porque nos has dado un alma inmortal dotada de razón, ...
Porque has ennoblecido nuestra voluntad con la libertad, ...
Porque nos has dado la buena voluntad, ...
Porque nos prometiste la recompensa eterna incluso por lo más pequeño, ...
Por la amorosa providencia que nos guía a lo largo de la vida, ...
Por la luz que nos alumbró en las noches oscuras, ...
Por la mano que nos sostuvo cuando el suelo vacilaba bajo nuestros pies, ...
Por el compasivo Corazón de Jesucristo, ...
Por las gracias que diste en lugar de castigos, ...
Porque un día resucitaremos de entre los muertos, ...
Porque Cristo vendrá sobre las nubes del cielo, ...
Porque Él juzgará con justicia a los buenos, ...
Porque Él doblegará a los soberbios, ...
Porque en la tarde del Juicio final podremos entrar jubilosos en el cielo, ...
Oh Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, (tres veces)
Perdónanos, Señor.
Escúchanos, Señor.
Ten piedad de nosotros, Señor.
Oremos.
Oh Dios, que has dicho: «Dad gracias por todas las cosas». Te pedimos humildemente que nos concedas la gracia de comenzar aquí en la tierra nuestra acción de gracias de tal modo que podamos completarla en el cielo. Por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor y Dios, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.12
12 Gran letanía de acción de gracias de Jakob Olrik, converso y sacerdote católico en Dinamarca, Imprimatur: Hafniae, 7 de abril de 1923, † Josef Brems, O. Praem. Episc. Roskildensis Vicarius Apostolicus Daniae.
San Félix de Cantalicio con el zurrón de las limosnas y el rosario
Hermano Deogratias
El ideal franciscano de la sencillez agradecida del corazón se muestra de manera muy especial en la vida del santo hermano capuchino Félix de Cantalicio (1515-1587). Ya de niño, Félix, que nunca aprendió a leer ni a escribir, rezaba ante cruces hechas por él mismo mientras cuidaba las ovejas y las cabras de su padre. Cuando más tarde entró como criado al servicio de extraños, un día dos bueyes se espantaron al arar y pasaron con el arado por encima de él. Félix, que como por milagro salió ileso, percibió claramente en este suceso la llamada de Dios y entró en el convento capuchino más cercano. En el seguimiento de Jesús, la cruz llegó a ser para el humilde analfabeto un libro de texto tan grande que dijo: Quien no entiende este libro no sabe lo que son los libros. La contemplación de los sufrimientos de Cristo, de todo el bien que el Señor ha hecho por él, fue para él fuente continua y secreto más hondo de su gratitud y de su alegría. Gustaba de explicar: Estudio seis letras: cinco rojas y una blanca. Las rojas son las llagas del Salvador, la blanca es María, a quien amaba como un niño.13
Su amable Deo gratias – ¡Gracias a Dios! por todo lo que recibía como mendigo de limosnas de su convento en sus recorridos de colecta por Roma, le valió entre el pueblo el nombre de hermano Deogratias.
Aunque estaba convencido de que todas las cosas son capaces de elevarnos a Dios si las miramos con ojos humildes, para permanecer interiormente con Dios caminaba por las calles de Roma con la mirada baja y rezando el rosario, llamaba sin cansarse a las puertas de los palacios igual que a las de las pobres viviendas, siempre alegre y contento con todo lo que se le daba. También a las burlas y a los insultos groseros respondía sonriendo con un sincero ¡Gracias a Dios – Deo gratias! En todo, no solo en las limosnas de la gente, sino precisamente en las humillaciones, fray Félix veía un don de la mano de Dios, que servía para su santificación y la de otros. El capuchino tenía un carácter encantadoramente infantil y abierto. Por eso, junto a los pobres y los enfermos, de los cuales curó a muchos, los niños de la ciudad eran sus predilectos. Le gustaba reunirlos a su alrededor y hacerles repetir el ¡Deo gratias!, como para dejarse ayudar por ellos a dar gracias a Dios sin cesar. Una especial amistad y afinidad de almas lo unía a san Felipe Neri, el apóstol de Roma y fundador de los oratorianos.
Cuando fray Félix volvía cansado al convento con los «tesoros» recogidos, se contentaba con unas cortezas de pan y un poco de vino. Por la noche, cuando los hermanos dormían, iba solo a la iglesia del convento y allí presentaba a Dios, en íntima oración, las intenciones de sus bienhechores y de todo el pueblo romano. Con los brazos extendidos, orando ante el Santísimo, pasaba hora tras hora, a menudo entre lágrimas, en oración de intercesión y en profunda contemplación.
En el transcurso de los 40 años en que fray Félix desempeñó fielmente y con humildad sin igual su oficio, los romanos llegaron a conocerlo y amarlo, hasta que ya no se podía imaginar la ciudad sin él.
En los últimos siete años de su vida lo atormentaron con frecuencia violentos cólicos, pero él decía de estos sufrimientos: Son rosas, son flores. El día antes de morir, fray Félix cayó de pronto en éxtasis con un asombrado ¡Oh! y dijo: Nuestra Señora está aquí, acompañada de ángeles. Después de recibir al día siguiente, que era el lunes de Pentecostés, 18 de mayo de 1587, los sacramentos de los moribundos, el capuchino exclamó tres veces, cada vez más fuerte: ¡Deo gratias!, y cerró los ojos con calma, como si quisiera dormir.14
En todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, queremos alabarlo y darle gracias, al altísimo y sumo Dios eterno, Trinidad y Unidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de todas las cosas y Salvador de los que creen en él, esperan en él y lo aman. San Francisco de Asís
13 Fray Lupo, que en una ocasión había dado a Félix el genial consejo de repetir con frecuencia el Deo gratias en sus recorridos de mendicante, observó una noche cómo fray Félix se postraba ante el altar mayor y suplicaba a la Madre de Dios: Préstame un poco a tu Niño divino. De pronto la imagen de María en el altar cobró vida, la Madre de Dios se inclinó hacia él y puso a su pequeño Hijo en los brazos de Félix, que lo estrechó contra sí con amor bienaventurado y entre lágrimas.
14 Fuente principal: P. Edilbert Lindner OFM Cap, Die Heiligen des Kapuzinerordens, Verlag der Bayrischen Kapuziner, Altötting.
Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre. Sal 100,4