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Su nombre está escrito en sus frentes

Su nombre está escrito en sus frentes

El poder del Santísimo Nombre de Jesús en la lucha escatológica

Jesús, tú, fuente de toda bondad, tú, fuerza de esperanza de toda alegría, tú eres el origen de toda belleza, la pasión más honda del corazón.

Jesús, en quien esperan los penitentes; qué bondadoso eres con el que te busca con empeño, qué bueno con todos los que te buscan; ¿qué será para el que te encuentra?

Jesús, tú, verdadero sol de vida para todo el que te anhela, para el que te busca aun entre lágrimas y aguarda temeroso la respuesta del cielo.

Jesús, tú, nuestro Señor y Salvador, tu luz nos regala el nuevo día, el mundo está de nuevo a salvo en ti, la tiniebla sucumbió ante la luz.

Jesús, tú, vástago de la Madre Virgen, tú, hermoso resplandor de nuestro amor, a ti el agradecimiento, a ti la alabanza y el honor, un día por completo en el reino de los bienaventurados. Amén.

Del himno de laudes de la fiesta del Nombre de Jesús

Este folleto del Movimiento Mariano de Sacerdotes y Laicos presenta el poder del Santísimo Nombre de Jesús: los testimonios de numerosos santos, la invocación y la adoración de este nombre en la vida diaria, su fuerza sanadora y liberadora, y su significado en la lucha escatológica que describe el Apocalipsis de san Juan.

La Sagrada Familia: María, José y el Niño Jesús

La Sagrada Familia: María, José y el Niño Jesús

Testigos del poder del Santísimo Nombre de Jesús

Desde los comienzos de la Iglesia, el poder inescrutable y la sabiduría que se ocultan en el Santísimo Nombre de Jesús han sido reconocidos como maravillosos y únicos. En este misterio del nombre divino penetraron sin duda con la mayor profundidad la Madre de Dios, María, y san José. Pues Dios les confió a Su Hijo unigénito, para transmitir a toda la humanidad torrentes de gracias desde el corazón del Redentor. Por eso podemos pedir con confianza de niños el don del amor al Santísimo Nombre de Jesús de sus manos. Pues María y José son nuestros guías más seguros en el camino hacia la oración continua del corazón.

San Ignacio pronunciaba muy a gusto el nombre de Jesús. De él se cuenta lo siguiente: cuando los apóstoles discutían entre sí quién de ellos sería el mayor en el reino de los cielos, Jesús llegó con ellos a Cafarnaúm, llamó allí a un niño de cuatro años que estaba junto a la puerta de la casa, a la vista de su madre, lo tomó de la mano y dijo a los apóstoles: Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. (Mt 18,3ss)

Este niño Ignacio, en años posteriores, iba muy a menudo al lugar adonde el Salvador lo había llamado, besaba allí el suelo y decía a sus compañeros: Mirad, aquí, en este lugar, Jesús me tomó en sus brazos.

Ignacio creció, llegó a ser sacerdote y luego obispo en la gran ciudad de Antioquía, donde antes había trabajado durante siete años san Pedro. Antioquía pronto se hizo cristiana. Cuando el emperador romano Trajano llegó a Antioquía en su campaña militar y encontró vacíos los templos paganos, preguntó al gobernador quién tenía la culpa de que los templos estuvieran vacíos. El gobernador respondió: El obispo de los cristianos, Ignacio, tiene la culpa. Entonces el emperador hizo comparecer ante sí al anciano obispo y le preguntó: ¿Eres tú el espíritu malo que causa tanta agitación en esta ciudad? Ignacio respondió: ¡No es espíritu malo el que lleva a Dios en el corazón! El emperador dijo: ¿Te refieres, supongo, a Jesús de Nazaret? El obispo lo confirmó e instruyó al emperador sobre la necedad del culto idolátrico pagano. Esto irritó al emperador, que dijo a los soldados: Ad leonem, es decir, ¡a los leones! Los cristianos de Roma quisieron liberarlo e impedir su muerte. Pero Ignacio les escribió una carta y les pidió que no le arrebataran la corona del martirio. Al llegar a Roma, fue entregado en el anfiteatro, ante una enorme multitud, a dos leones hambrientos.

San Ignacio de Antioquía

San Ignacio de Antioquía

Antes, san Ignacio pronunció en voz alta esta oración: El nombre de Jesús no puede apartarse de mi boca; y aunque lo hiciera, no podría ser borrado de mi corazón. Todos los espectadores paganos se asombraron de la firmeza y de la muerte alegre de este anciano. Los leones lo despedazaron y solo dejaron algunos huesos y el corazón. En el corazón se podía leer el nombre de Jesús, formado por venas azules. Los compañeros de viaje de san Ignacio sacaron de noche del anfiteatro sus reliquias y las llevaron a Antioquía, donde fueron guardadas sobre el altar y veneradas con gran honor. Esto sucedió en el año 107. El buen Dios, pues, distinguió a este santo porque había honrado con gran estima el nombre de Jesús.1

A san Gregorio de Tours (538–594) su ángel de la guarda le aconsejó escribir el nombre de Jesús en una pequeña tarjeta y ponerla debajo de la almohada de su padre enfermo, con lo que este se recuperó pronto.

San Leonardo de Porto Mauricio (1676–1751) recomendó colocar en las puertas una tarjeta con el nombre de Jesús, con lo que muchos quedaron preservados de enfermedades y de desgracias de toda clase.

1 Fuente: Spirago 796, op. cit.

Al santo rey Edmundo de Inglaterra (840–870), más tarde arzobispo de Canterbury, le enseñó el propio Jesús el poder de Su Santísimo Nombre. Un día en que Edmundo iba solo por el camino, se le apareció un niño de una belleza maravillosa, que le preguntó: Edmundo, ¿no Me conoces? Edmundo respondió que no. Entonces le dijo el niño: Mírame, y reconocerás quién soy. Edmundo miró atentamente al niño y vio entonces en su frente las letras luminosas INRI Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum (Jesús el Nazareno, rey de los judíos). Entonces dijo el niño: Ahora sabes quién soy Yo. Ves Mi nombre. Grábatelo en el corazón. Escríbelo cada noche en tu frente, haciendo la señal de la cruz y pronunciando las palabras: Jesús el Nazareno, rey de los judíos. Esto te preservará de una muerte repentina.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás. Sal 145,1
San Bernardo de Claraval en oración

San Bernardo de Claraval en oración

San Bernardo de Claraval (1090–1153) escribe a sus monjes: Lo que siempre tengo en los labios, lo que siempre llevo en el corazón, lo que escribo sin cesar, lo que constituye en lo más profundo mi filosofía, es Jesús, y precisamente Jesús como el Crucificado.

En su comentario al Cantar de los Cantares describe la semejanza del aceite con el nombre de Jesús, que se basa igualmente en tres propiedades: el aceite alimenta el fuego, nutre el cuerpo y alivia el dolor. Es, pues, luz, alimento y medicina. Sigue ahora los mismos efectos en el nombre del Esposo: si se predica, Él ilumina; si se contempla, alimenta; si se invoca, unge y alivia. Dice el Señor: Invócame el día del peligro: yo te libraré. (Sal 49,15; CEE 50,15) […] Aquí, alma mía, tienes guardado en el nombre de Jesús, como en un frasquito, tu elixir. Es absolutamente curativo y nunca dejará de surtir efecto en todas tus enfermedades. ¡Oh, lleva siempre esta medicina en tu pecho, ten siempre a mano este remedio, para que todo tu pensar y obrar se dirija a Jesús!

Aroma que se expande es tu nombre. Cant 1,2 (CEE 1,3)
San Francisco de Asís

San Francisco de Asís

Sobre el gran amor de san Francisco de Asís (1181–1226) al Santísimo Nombre de Jesús escribe Tomás de Celano, como sumido en oración: Más de lo que humanamente puede comprenderse, se conmovía interiormente cuando pronunciaba tu nombre, santo Señor. Entonces estaba todo él lleno de júbilo y de castísima alegría, y parecía verdaderamente un hombre nuevo y del otro mundo. […]

También describe Celano cómo san Francisco contemplaba sin cesar la encarnación y la pasión de Jesús: Sobre todo, era la humildad de la encarnación de Jesús y el amor demostrado con su pasión lo que ocupaba sus pensamientos de tal modo que apenas quería pensar en otra cosa. […] Cuando llamaba al Niño de Belén o a Jesús, se relamía, por así decirlo, los labios, saboreando y paladeando con su bienaventurado paladar la dulzura de este nombre.

San Bernardino de Siena

San Bernardino de Siena

Doscientos años más tarde, un hijo espiritual de san Francisco, san Bernardino de Siena (1380–1440), llegó a ser el portaestandarte del nombre de Jesús. Nunca daba una misión popular sin una predicación ardiente sobre el nombre de Jesús, cuya veneración reconoció como el gran remedio contra el abandono de la fe. En su biografía se lee: Cuando por fin vio que el glorioso nombre, que está sobre todo nombre, (Flp 2,9) casi había caído en el olvido en los corazones de los hombres, le invadió el deseo de llevar este nombre, como verdadero imitador del Apóstol, ante todos los reyes, tribus y pueblos. (Cf. Hch 9,15)

Procuró conseguir una pequeña tabla de madera en la que este nombre estuviera pintado o dibujado con letras doradas. Esta tabla la mostraba a las multitudes que acudían cada día a su predicación, y les anunciaba con voz elevada: Este es vuestro distintivo, esta es el arma del pueblo de Dios. Este es el nombre, amadísimos fieles, y no hay otro en el que podáis ser salvados. (Cf. Hch 4,12) Este es, además, el nombre salvador y amoroso, cuya imagen debéis llevar indeleble sobre el pecho, contemplarla allí cada día y colocarla en las plazas, y que cada uno de vosotros debe pintar, visible y con digna belleza, en el dintel de su casa.

Este es el nombre que, según la enseñanza del Apóstol, debéis tener ante los ojos en todos los días de felicidad e invocar en los días de desgracia. Pues este santo nombre está escrito, en primer lugar, en el libro de la vida, como atestigua el profeta; luego, en la inscripción de la cruz de nuestra redención, como vemos en el Evangelio, (cf. Jn 19,19) y además está escrito en la frente de cada santo en la patria eterna.2 (Cf. Ap 22,4)

Para el triunfo y la glorificación del nombre victorioso de Jesús, para la salvación de las almas y como expiación por las ofensas al Santísimo Nombre de Jesús, san Bernardino recomendó a los hombres tres formas muy concretas de veneración:

  1. La oración incesante del corazón mediante la invocación del Santísimo Nombre de Jesús
  2. El monograma del nombre de Jesús como signo exterior visible
  3. La difusión celosa de la devoción al Santísimo Nombre de Jesús
Cantad al Señor, bendecid su nombre, proclamad día tras día su victoria. Sal 96,2

2 Das Leben des heiligen Bernardin von Siena, traducido por Lothar Schläpfer OFMCap, ed. por W. Nigg y W. Schamoni, Düsseldorf 1967.

Vivir al sol del Santísimo Nombre de Jesús

La clave de la vida espiritual es la oración de Jesús. San Porfirio, el Geronta
Consideremos nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. (Cf. Jn 14,2) No hallo cosa con que comparar la gran hermosura y capacidad de un alma. A cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración. Santa Teresa de Jesús

La llave del Hijo de David

El nombre de Jesús es la oración del corazón más breve y la llave para entrar en el misterioso castillo de nuestra alma, que ha sido creada por Jesús y para Jesús. (Cf. Col 1,12)

Esto dice el Santo y el Verdadero, el que tiene la llave de David, de forma que si él abre, nadie cierra, y si él cierra, nadie abre. […] aun teniendo poca fuerza, has guardado mi palabra y no has renegado de mi nombre. […] Al vencedor le haré columna en el templo de mi Dios y nunca más saldrá fuera; escribiré sobre él el nombre de mi Dios, el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, […] y escribiré también sobre él mi nombre nuevo. Ap 3,7-12

Jesús, que nos abrió el cielo como Redentor, posee también la llave de nuestra alma. Solo por Jesús podemos reconocer realmente cómo Dios nos ha pensado y qué vocación nos ha puesto en el corazón para el tiempo y la eternidad. El nombre de Jesús es, por así decirlo, la contraseña de nuestra propia alma, pero también la llave para reconocer y comprender correctamente a nuestro prójimo. En este sentido nos explica un monje de la Iglesia de Oriente: A todos los hombres y mujeres deberíamos acercarnos en la calle, en la tienda, en la oficina, en la fábrica, en el autobús, donde hacemos cola, pero sobre todo a aquellos que nos resultan antipáticos, con el nombre de Jesús en el corazón y en los labios. Sobre todos ellos deberíamos pronunciar Su nombre, pues su verdadero nombre es el nombre de Jesús. En ellos honra a Cristo, en ellos sirve a Cristo. En muchos de estos hombres y mujeres Jesús está encerrado. Libéralo reconociéndolo y honrándolo en ellos. Cuando recorremos el mundo con esta nueva mirada, pronunciando sobre cada persona el nombre de Jesús, entonces ellos son transformados y transfigurados ante nosotros. Cuanto más nos entregamos al servicio de las personas, tanto más clara y viva será en nosotros la nueva mirada.3

Y si tenemos la dolorosa experiencia de ser heridos u ofendidos por nuestros semejantes, nos ayuda la palabra del peregrino ruso: Cuando alguien me ofende, pienso solo en lo dulce que es la oración de Jesús; enseguida desaparecen la ofensa y toda la ira, y lo he olvidado todo.4

3 Im Namen Jesu ist Heil, de un monje de la Iglesia de Oriente, traducido por Dr. Oswald Loretz, Innsbruck 1959, p. 58–59, Imprimatur de la Administración Apostólica de Innsbruck, n.º 2557/2, de 31 de diciembre de 1958.

4 La oración de Jesús nos ayuda a reconocer a Cristo en todas las personas y a ver a todas las personas en Cristo. Por eso la oración de Jesús no tiene nada que ver con la huida del mundo ni con la negación del mundo. Al contrario, es una forma de afirmación extrema de la vida. La oración de Jesús no contiene rechazo alguno de la creación de Dios; muestra más bien una altísima estima por todas las personas y cosas en Dios. El nombre de Jesús puede convertirse en una llave mística hacia este mundo, en un instrumento de la ofrenda oculta de todas las cosas y de todas las personas, pues imprime en el mundo el sello divino. (Kallistos Ware, Hinführung zum Herzensgebet, Freiburg 1982, p. 72–73, Imprimatur: Friburgo de Brisgovia, 13 de septiembre de 1982)

La adoración del nombre de Jesús (El Greco)

La adoración del nombre de Jesús (El Greco)

La invocación del Santísimo Nombre de Jesús

El obispo Johann Michael Sailer escribe sobre la invocación del Santísimo Nombre de Jesús: Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo. (Rom 10,13) Esta es la promesa de todas las promesas, porque no excluye a nadie que invoque el nombre del Señor y promete a todos el bien supremo. […] Esta promesa no nos hace esperar un don pequeño, sino el bien supremo: quien invoque el nombre del Señor será bienaventurado. La bienaventuranza, el bien supremo del hombre, viene del Señor, que es rico para todos.

Si el Señor, que es rico para todos, ha de dar, los necesitados deben aceptar lo que se les ofrece. Quien no reconoce sus pecados, su miseria, su pobreza, o no quiere dar honor al nombre del Señor ni dejar que Él lo enriquezca, no invoca al Señor como su Señor; desprecia, pues, el don de Sus manos, sigue pobre y miserable, sigue siendo pecador y conserva la maldición del pecado, sigue sin amor y sin bienaventuranza. En cambio, quien reconoce su pecado y su pobreza de amor y de bienaventuranza, quien en Cristo reconoce a su Señor, que es rico para todos, también le dice: «Tú, que eres rico para todos, ¡sé también rico para mí! Enséñame a amar como tú has amado. ¡Sé también mi salvación y hazme dichoso en el amor!» Así habla, y recibe un don tras otro, y puede amar a su Señor y ser bienaventurado en Él amando.

Cuando pronunciamos con reverencia y amor el nombre de Jesús, nos unimos con nuestro Redentor y Salvador, que por la invocación de Su Santísimo Nombre se hace presente en seguida y toca y colma nuestra alma con Su gracia.5 Pues cuando invocamos Su nombre, hacemos descender al mismo tiempo sobre nosotros Sus méritos redentores, que por este acto de volvernos hacia nuestro Señor y Dios se vuelven de nuevo eficaces.

Cuando esto se nos hace realmente consciente, esta dichosa verdad irradia todo nuestro corazón, y el camino real de la invocación del Santísimo Nombre de Jesús se convierte en el latido de nuestra vida.

5 El poder y la gloria de Dios están presentes y actúan en Su nombre. El nombre de Dios es la divinidad presente: «Immanuel – Dios con nosotros». En el momento en que uno invoca con atención y reflexión el nombre de Dios, se coloca en Su presencia, se abre a Su fuerza y se entrega a sí mismo como instrumento y ofrenda en Sus manos. Tal contacto nos procura una mayor medida de vida sobrenatural y de amor al prójimo. Por eso la invocación del Santísimo Nombre de Jesús tiene un carácter sacramental propio. (Ibíd., p. 134)

La Última Cena

La Última Cena

Nuestra alma es un cenáculo en el que la Última Cena puede celebrarse en todo momento. En secreto nos dice, como antaño: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros. (Lc 22,15)

En la Eucaristía visible, Jesús se ofrece bajo las especies de pan y de vino. En la Eucaristía de nuestro interior, Él puede ser designado y nombrado únicamente por Su Santísimo Nombre. Por eso podemos hacer de la invocación del Santísimo Nombre una comunión espiritual.6

Invocar tu nombre y recordarte es nuestro anhelo. Is 26,8

6 Ibíd., p. 67.

La luz del nombre de Jesús brilla a través del corazón y así ilumina todo el universo. Padre Serguéi Bulgákov

La repetición del nombre de Jesús es comparable al aleteo del pájaro que se eleva en el aire. Nunca debe ser penosa ni forzada, precipitada o ruidosa. Debe ser sutil, ligera y – en el sentido más profundo de la palabra – llena de gracia. Cuando el pájaro ha alcanzado la altura deseada, se desliza en su vuelo, y solo de vez en cuando bate sus alas para mantenerse en el aire. Así también el alma que ha recibido en sí el pensamiento de Jesús y está llena del «pensar en Él» puede dejar de repetir el nombre y descansar en nuestro Señor. Cuando otros pensamientos amenacen con desplazar el pensamiento de Jesús, entonces comienza de nuevo la invocación, para tomar nuevo impulso.7

Amad la oración, el diálogo con el Señor. Todo depende de amar, de estar enamorado del Señor, de Cristo, el Esposo. San Porfirio, el Geronta

7 Im Namen Jesu ist Heil, p. 26.

El que cree en mí, como dice la Escritura: «de sus entrañas manarán ríos de agua viva». Jn 7,37
La oración de Jesús es como una corriente espiritual invisible que vierte sin cesar en nuestra alma la fuerza de Dios – Su santa gracia – desde la fuente siempre fluyente, Jesucristo, y nunca se debilita; al contrario, a medida que se amplía nuestro volumen espiritual, sus corrientes de gracia aumentan aún más. Schimonach Ilarión
De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor. Sal 113,3

Paz y reconciliación en el Santísimo Nombre de Jesús

¿De qué manera llegamos a la paz y a la reconciliación por el nombre de Jesús? Dejemos hablar de nuevo a nuestro monje de la Iglesia de Oriente:

El nombre mismo es un medio de purificación y de perfección. Una piedra de toque y un filtro por el que deben pasar nuestros pensamientos, palabras y obras para verse liberados de sus impurezas. […] Cuando somos tentados, el nombre de Jesús nos trae victoria y paz. Un corazón que ya está lleno del nombre de Jesús y de la presencia de nuestro Señor no se detiene en ningún pensamiento ni imagen pecaminosos. Pero somos débiles, y a menudo se derrumba nuestra defensa, y entonces la tentación es en nosotros como agua torrencial. En tal caso no mires a la tentación, no te pelees con tu propio deseo, no mires a la tormenta ni te mires a ti mismo. Mira a nuestro Señor, aférrate a Él, invoca Su Santísimo Nombre. Cuando Pedro caminaba sobre el agua hacia Jesús y vio la tormenta, le entró miedo (Mt 14,30) y comenzó a hundirse. Si nosotros, en lugar de mirar a las olas y al viento, avanzamos decididamente sobre el agua hacia Jesús, Él extenderá Su mano y nos asirá. Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. (Jl 3,5)

El nombre de Jesús trae perdón y reconciliación. Si hemos pecado gravemente (y más aún si hemos pecado levemente), podemos en un instante volvernos con arrepentimiento y amor al Santísimo Nombre, pronunciarlo de todo corazón, y el nombre así usado (por el que alcanzamos la persona de Cristo) ya será señal de perdón. Después del pecado no nos quedemos esperando sin hacer nada, ni aplacemos ni vacilemos. No dudemos en retomar la invocación del nombre, aunque seamos indignos.8

Mediante la invocación del Santísimo Nombre de Jesús comienza en nuestra alma un proceso de purificación muy especial, que saca a la luz todo lo impuro y lo no santo, para que nuestro corazón pueda ser sanado. San Juan Crisóstomo escribe: El recuerdo de Dios descubre al alma lo que hay en ella. Primero se le hace consciente lo malo de su corazón, después también lo bueno. Al principio, el recuerdo de Dios pone en movimiento todo el poder del diablo; luego lo doma poco a poco. Así puede la oración descubrir el pecado que habita en nosotros y después también borrarlo.

8 Im Namen Jesu ist Heil, p. 34, 42-44.

Cristo y el hijo pródigo

Cristo y el hijo pródigo

El nombre de Jesucristo penetra en las profundidades del corazón, doma al adversario que allí domina, libera y vivifica el alma. En este camino de purificación, el sacramento de la reconciliación es de suma importancia para nuestro crecimiento espiritual.9

Cuando por la noche, en el examen de conciencia, nos arrodillamos como el hijo pródigo ante los pies del Padre celestial y decimos: Ya no merezco llamarme hijo tuyo (Lc 15,19) y nos presentamos voluntariamente al juicio de Dios para darle la gloria que Le corresponde, entonces nuestro ángel se pondrá a nuestro lado. Nos muestra la plenitud de la misericordia de Dios, la plenitud de los dones y gracias que nos han sido concedidos y nos preguntamos:

¿Qué hemos hecho con el talento que se nos confió – sea el don de educar, de guiar, de aconsejar, de ayudar, de sanar o de amar? ¿No consiste nuestra vida en puras «negligencias», en puro «querer hacer» y «no haber hecho»? Entonces caen de nuestros ojos las lágrimas de arrepentimiento, y oramos:

9 Recibe el sacramento de la penitencia siempre con celo, confianza, respeto y dolor interior por tus pecados. Este medio de gracia causa gran espanto al diablo, y él se esfuerza mucho en apartar de él a las almas o en llevarlas a recibirlo con tibieza, por costumbre, sin arrepentimiento y sin las demás condiciones necesarias. (María de Ágreda, Leben der Jungfrau und Gottesmutter Maria, vol. 4, p. 212, Jestetten 1982, Imprimatur: Ordinariato arzobispal de Salzburgo, 31 de mayo de 1954, n.º 1311)

Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador. Lc 5,8

Pero Dios colma siempre la medida de Sus obras, de Su amor hacia nosotros. Se inclina hacia nosotros y toma nuestra medida. Allí yacen sobre nuestros pequeños fragmentos las gotas de sangre de nuestro Señor, las gotas de sudor de la angustia mortal de nuestro Señor, con las que Él ha cubierto toda nuestra culpa y nuestra impotencia. Y allí yace el Corazón Inmaculado de nuestra Madre, cuyos hijos somos. Y el corazón de madre es tan grande y tan amplio que llena la medida hasta el borde, y encima nuestro ángel pone además su Sanctus, que reza sin cesar con nosotros y por nosotros, hasta que la medida está colmada hasta rebosar.

Y Dios hace lo incomprensible. La acepta como si fuera suya y nos estrecha con amor entre Sus brazos, como al hijo pródigo.

(Según una santa cristiana de los primeros siglos)

Si vuestra alma repite con reverencia y anhelo estas palabras: «Señor Jesucristo, ten compasión de mí», ¡nunca se saciará! ¡Decidlas durante toda vuestra vida! ¡Encierran tanta savia! San Porfirio, el Geronta

Haced todo en el nombre del Señor Jesús

En su escuela de la oración del corazón nos aconseja Teófano el Recluso: Trabaja y di mientras tanto la oración de Jesús, para que Dios te bendiga.10 Lo principal es caminar ante Dios o vivir bajo la mirada de Dios, con la conciencia de que Dios nos ve, de que busca nuestra alma y nuestro corazón. Esta conciencia es la palanca más fuerte en todo el mecanismo de la vida espiritual. Pues la oración de Jesús es una lámpara para nuestros pasos y una estrella que guía en nuestro camino al cielo.11

Hacer todo en el nombre del Señor significa estar plenamente orientado a Su glorificación, procurar hacer todo para Su agrado, porque es Su voluntad. Esto quiere decir: envolver todo obrar en oración, comenzar con oración y terminar con oración. Cuando empezamos, pedimos a Dios su bendición; en el curso del trabajo invocamos Su ayuda, y al final Le damos gracias porque se ha dignado realizar Su obra en nosotros y por nosotros.12

Piensa tú en mí, oh Jesús, y pensaré con luz y claridad. Habla tú por mí, oh Jesús, y hablaré con dulzura y verdad. Obra tú por mí, oh Jesús, y justo será entonces mi obrar, santificado mi trabajo, santificado también mi descansar. Penetra todo mi ser, llena toda mi existencia, para que en mí se pueda leer tu gran amor.

10 El nombre de Jesús puede usarse solo o unido a una frase más o menos breve. Entre los cristianos de Oriente, la forma más difundida es: «¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí!». Aún más sencillo: «Jesucristo» o «Señor Jesús». La forma más breve de la invocación es el nombre «Jesús» solo.

11 Orar es obrar; quien ora es activo en el más alto grado. De ninguna oración vale esto tanto como de la oración de Jesús. La invocación del nombre, practicada correctamente, lleva a cada uno más hondo a su trabajo; todos se vuelven más eficaces en su actuar y, al hacerlo, no quedan aislados de los demás, sino unidos a ellos. Se vuelven más sensibles a sus temores y preocupaciones como nunca antes. La oración de Jesús hace de cada uno un «hombre para los demás». (Hinführung zum Herzensgebet, p. 72)

12 Schule des Herzensgebetes, Die Weisheit des Starez Theophan, Salzburg 1985.

Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. Col 3,17

El tiempo de la vida es tiempo de gracia

La salvación que Dios quiere concedernos ya en esta vida está siempre ligada al momento oportuno, que nunca vuelve. Pues así habla el Señor: En tiempo de gracia te he respondido, en día propicio te he auxiliado. (Is 49,8)

Nuestros años son como copas de cristal que Dios nos presta. Pero nosotros debemos llenarlas y, llenas, devolverlas a las manos de Dios, que las guarda para la eternidad.

  • Ofrezcamos a Dios al comienzo del día el primer instante y demos a nuestra jornada la dirección hacia aquel que es Señor de todo tiempo y Padre de la eternidad: ¡Todo en honor de mi Dios!
  • Dichosos todos los que cada día se ponen bajo la protección y la seguridad del amor de Dios mediante la señal de la cruz y la práctica de la oración del corazón.
  • Dichosos los padres que se toman tiempo para dar a sus hijos el ejemplo de la oración y para enseñarles el diálogo con Dios. Tendrán alegría con ellos.
  • Dichosos los jóvenes que, por el contacto con Jesús, Lo llevan en su corazón y caminan por la vida resplandecientes por Él, de la mano maternal de María. Su oración dice: ¡Hazme más semejante a ti! Deja que tu luz brille sobre mí y haz que me convierta en un resplandor de bien para mi entorno.

Quisiera recomendar aún una cosa a mis queridos hijos: que mantengan siempre abierto su corazón al Salvador y que nunca dejen que, por timidez ante Él, se aleje de Él. Todos pecamos, pues somos humanos; pero si no nos volvemos con confianza a Cristo, ¿a quién iremos, y en quién confiaremos?

De las últimas exhortaciones de Friedrich Leopold Stolberg (1750–1819) a sus hijos

Pedir y dar gracias en el nombre de Jesús

En el Evangelio de Juan, Jesús nos promete en varios lugares que escuchará nuestras súplicas si invocamos Su nombre. Lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré. (Jn 14,13)

Pero ¿cuántas veces hemos pedido y, según nuestro juicio humano, aparentemente no hemos sido escuchados? Sin embargo, si somos sinceros, debemos preguntarnos: ¿hemos pedido realmente en el nombre de Jesús? Es decir, ¿hemos puesto con Jesús nuestra voluntad en la voluntad del Padre? Los discípulos, en todo caso, tuvieron que oír la palabra de Jesús: Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. (Jn 16,23) Y conocemos un poco las peticiones de los apóstoles, que pensaban en reinos terrenales y querían evitar el sufrimiento. Si nuestra petición va en la dirección de que no queramos otra cosa sino que la voluntad de Dios y Sus promesas se cumplan plenamente en nosotros, entonces incluso la oración más pequeña y la súplica más tenue son escuchadas. En esto consiste la confianza que tenemos en Él: en que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. (1 Jn 5,14) Dios anhela profundamente colmarnos con Sus dones. ¿Y qué don podría ser mayor que Su voluntad divina y santísima? Por eso no nos cansemos nunca de alabar a Dios, de pedirle Su ayuda y Su gracia y de darle gracias de todo corazón. Pues cada acción de gracias es como una nueva súplica, por la que recibimos aún más gracias. En este sentido nos exhorta el apóstol Pablo: En toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. (Flp 4,6)

Abba, amado Padre, ¡escúchame por el nombre de Jesús, tu amadísimo Hijo!
En el instante en que el espíritu humano se pone en movimiento para orar, la gracia divina lo visita. San Porfirio, el Geronta
Cristo sana a un ciego

Cristo sana a un ciego

Sanación y liberación en el nombre de Jesús

Para fortalecer la fe y protegernos del mal, el mundialmente conocido exorcista P. Gabriele Amorth dejó por escrito muchas de sus experiencias: Hoy hay un gran número de sacerdotes e incluso obispos, cuenta el P. Amorth, que ya no creen en el diablo ni en el exorcismo. Cuando se les dice que Jesús curó a numerosos poseídos, responden que el término «poseído» es una expresión derivada del lenguaje y de la cultura de aquel tiempo, que designaba como poseídos por un demonio a quienes en realidad solo eran enfermos. Pero el Evangelio distingue muy claramente los dos estados: Jesús cura a los enfermos y libera a los atormentados por los demonios.

En consecuencia, el Señor resucitado confiere dos poderes distintos: A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre […] Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos. (Mc 16,17)

No solo los exorcistas designados por el obispo pueden liberar de la influencia demoníaca a las almas atormentadas, sino también todos aquellos que creen con total entrega en el nombre de Jesús, como dice el Señor en el Evangelio. De muchos santos sabemos que su unión con Cristo ahuyentó el mal. Pensemos solo en san Benito o en santa Catalina de Siena; pues siempre es el propio Jesús quien expulsa a Satanás. Mil veces repite el P. Amorth: Con temor y temblor invoco suplicante tu santo nombre, para que me concedas una fe firme y el poder de atacar con seguridad y fidelidad a tu mandato a este demonio y expulsarlo con la fuerza de tu brazo. Por ello te lo pido en tu nombre, Jesucristo, Señor y Dios nuestro …

El santo cura de Ars (san Juan María Vianney)

El santo cura de Ars (san Juan María Vianney)

El P. Amorth explica además: El poder del enemigo ha permanecido siempre igual, pues el diablo tiene siempre el mismo poder. Lo que sí ha aumentado enormemente es el número de puertas que se le han abierto para entrar: la magia, el ocultismo, el espiritismo, también una vida en grave pecado. O piense usted en todas las personas que se entregan a Satanás.

Distingue entonces dos categorías de víctimas de los demonios: por una parte, quienes, sin culpa propia y por su amor a Dios, soportan perturbaciones malignas hasta la posesión expiatoria, como el santo cura de Ars o santa Miriam de Abellín, pero también personas que se convierten en víctimas inocentes por maldiciones; por otra parte, aquellos que, por sus propias faltas, se entregan al poder de los demonios, ya sea por permanecer en el pecado grave, como, por ejemplo, Judas, o por prácticas ocultas. Por eso, enseña el P. Amorth, los medios más importantes en la lucha contra el diablo son: la santa confesión, la santa Misa, la santa Comunión, la adoración eucarística, los salmos y el rezo del Rosario. Solo cuando estos medios se han agotado, recurrió como exorcista a las oraciones oficiales, que tienen por objeto expulsar a Satanás en nombre de Cristo. He practicado, calculando a grandes rasgos, más de setenta mil exorcismos, y siempre me invadió una gran compasión, pues encontré casos de un sufrimiento inconmensurable. Aunque el exorcismo es un servicio sacerdotal muy exigente, es también una tarea agradecida, pues el sacerdote ve cómo, en el nombre de Jesús, son liberadas personas que ningún médico pudo curar. Aquí podemos pensar en las palabras de la Sagrada Escritura: Salía de él una fuerza que los curaba a todos. (Lc 6,19)13

Cuando tengáis un gran amor, y ese amor os impulse a orar, entonces las corrientes de vuestro amor se derramarán sobre aquel por quien oráis, y actuarán en él y alrededor de él como un escudo protector. Lo influiréis y lo conduciréis al bien. Cuando Dios vea vuestro esfuerzo, os concederá Su gracia en abundancia, también a aquel por quien oráis. San Porfirio, el Geronta

Oración por la curación y la protección

Señor Jesucristo, te damos gracias por tu amor hacia nosotros. Cúbrenos a todos en tus llagas y concédenos tu salvación. Señor, te pedimos que nos marques con tu sello y con el sello de María, para que seamos preservados de todos los ataques del mal y de toda desgracia. De maldiciones, imprecaciones, posesión, melancolía, depresiones y angustia, ¡líbranos, oh Señor!

Tú nos dices una y otra vez: «No temas, yo estoy contigo». Por eso no necesitamos tener miedo.

Te pedimos, oh Señor, que por intercesión de la Santísima Virgen María nos concedas la liberación de toda maldición e imprecación y nos alegres siempre con tu paz. Señor Jesucristo, tú estás lleno de amor por nosotros, los hombres, y tienes todo poder en el cielo y en la tierra. Tócanos con tu amor sanador. Sana todo lo que en nuestro corazón y en nuestra alma está herido y lastimado. Sana todos los recuerdos de nuestra vida que nos hacen daño. Sana todas las heridas que otras personas nos han causado. Sana todo lo que está herido y lastimado. Pon tus manos traspasadas y sanadoras sobre todas las heridas de nuestra alma y de nuestro cuerpo, hasta que queden completamente curadas. Señor Jesucristo, tú conoces también todas las enfermedades del cuerpo. Tócalas con tu fuerza sanadora, con tu calor sanador, y sana todos nuestros órganos que están enfermos. ¡Tú eres el Salvador del mundo entero!

Padre del cielo, en el nombre de Jesús, tu Hijo, te pedimos que nos concedas en abundancia tu amor de Padre y que ahora lo sintamos también en el corazón. Amén.14

13 Cf. Triumph des Herzens, año 26 (I) 2019 / n.º 152.

14 Esta oración, libremente formulada por el párroco Klaus Müller (1946–2001), fue puesta por escrito posteriormente. Su vida fue la de un sacerdote de vida santa. Por su oración y su intercesión han sucedido muchos milagros. Tenía muchos carismas, que concedía en abundancia a quienes pedían ayuda. Para protegerlos de todo mal y para un futuro seguro en Dios, desde 1994 marcaba en la frente con el sello de Dios a todas las personas que se lo pedían.

Crucifixión de Cristo con María y Juan

Crucifixión de Cristo con María y Juan

El tesoro escondido

Si pudiéramos atribuirnos todos los actos heroicos de los elegidos, todos los sufrimientos de los mártires, las virtudes y los méritos de todos los santos que han vivido y que vivirán hasta el fin de los tiempos, y si incluso pudiéramos llamar nuestras las virtudes y los méritos de la santísima Virgen, todo eso sería, sin embargo, solo como un grano de arena en comparación con un solo ofrecimiento de Jesús.

¡Dichosa, mil veces dichosa, el alma que ha encontrado a Jesús y sabe servirse de Él! Con Jesús lo tiene todo. Él le basta.

Esto no quiere decir, por supuesto, que la veneración de los santos sea inútil; pues, si Cristo corona sus méritos, corona solo Sus propios dones. Y si los ofrecemos a Dios, ofrecemos solo los méritos de Su propio Hijo.

Alegrémonos, pues, de ofrecer a Dios Padre lo que es «de Jesús en los santos»; pues eso es lo que agrada al Padre en ellos y lo que constituirá su gloria eterna. La bienaventurada Virgen María ocupa una posición especial en la jerarquía de los santos, porque estuvo unida a Jesús de manera inseparable más que todos los demás. Cuando decimos: ¡María!, ella dice: ¡Jesús! Cuando acudimos a María, ella nos conduce a Jesús. María miraba siempre a Jesús, se unía con Jesús, se ofrecía a Jesús. Jesús lo era todo para ella, todo el contenido de su vida. María también nos enseñará a hacer de Jesús nuestro «Todo», si se lo pedimos.

Pero ¿qué significa, entonces, ofrecer a Jesús, servirse de Él? ¿Cómo es que incluso en muchos libros de oración apenas se roza este pensamiento?

¡Ofrecer a Jesús! Esto significa presentárselo a Su Padre en expiación con las palabras: Mira, no soy más que debilidad y miseria; pero te ofrezco la fuerza, la santidad, la pureza y las virtudes de Jesús. Soy frío, pero aunque tuviera todo el amor de los serafines, ¿qué podría darte que fuera digno de ti? Padre celestial, en compensación de mi frialdad te ofrezco el amor de Jesús. Acabo de caer, he faltado: te ofrezco los sufrimientos y la sangre de Jesús para mi purificación y en reparación. Estos y aquellos malos movimientos se me imponen contra mi voluntad: te ofrezco por ellos los actos contrarios de Jesús.

De esta manera, incluso nuestras debilidades servirán para enriquecernos, pues nos dan ocasión de hacer este ofrecimiento infinito, en la que tal vez no habríamos pensado si no nos hubiera sobrevenido algo malo.

Ofrecer a Jesús significa también ofrecerlo como santificador de lo bueno. Mediante este ofrecimiento, quienes unen sus acciones más pequeñas no solo con las obras de Jesús, sino casi fundiéndolas con ellas, reciben de vuelta sus pequeñas monedas convertidas en piezas de oro.

Si, por ejemplo, se nos exige un acto de obediencia, utilizamos nuestros actos de obediencia como ocasión para ofrecer al Padre eterno los actos de obediencia de Jesús, uno tras otro, y dirigimos toda nuestra atención a realizarlos con toda la perfección y fidelidad posibles, para recordarle así Su complacencia divina. Si se nos presenta una ocasión de humillación, decimos: Padre celestial, te ofrezco las humillaciones de Jesús. En el sufrimiento no miramos a nosotros mismos, sino que ofrecemos los sufrimientos de Jesús.

¡Cuán ricos nos haríamos si supiéramos unirnos así con Jesús en todo y ofrecerlo al Padre celestial! Hagamos sobre todo el ofrecimiento de Jesús en la santa Comunión. Pues Él se nos da solo para enriquecernos y para hacer posible que lo devolvamos y lo ofrezcamos a Su Padre, y mediante este ofrecimiento nos procuremos dos bienes infinitos: poder ofrecer a Dios un don digno de Él, y atraer así sobre nosotros una mirada de Su amor y de Su complacencia divina.

Antes de la santa Comunión ofrecemos al Padre eterno el sufrimiento de Jesús para la purificación de nuestra alma y en expiación por todas nuestras infidelidades. Y después de la santa Comunión queremos ofrecer de nuevo a Jesús como un tesoro que se teme manchar, y que queremos entregar intacto a aquel para quien está destinado.

El alma que así ha encontrado a Jesús ha hallado la paz, y cuanto más miserable se ve, tanto más se alegra por ello; pues así contribuirá cada vez más a la gloria eterna de la infinita misericordia de Dios.15

El Inmaculado Corazón de María

El Inmaculado Corazón de María

Padre celestial, por el Inmaculado Corazón de María te ofrezco a Jesús, tu Hijo muy amado, y a mí mismo en él, con él y por él, según todas sus intenciones y en nombre de todas las criaturas. Amén. (Oración de ofrecimiento)16
La vida tiene tanto valor como los actos de amor a Dios que la llenan. Cuando el alma entrega sus actos a la Inmaculada como propiedad, esta los transmite a Dios como propios. De esta manera nuestros actos de amor a Dios reciben toda su belleza. San Maximiliano M. Kolbe

15 Imprimatur: Friburgi Helv., 28 de diciembre de 1959, L. Weber, vic. gen.

16 Ibíd.

Papa Juan Pablo II

Papa Juan Pablo II

Sobre las huellas del Apocalipsis

Pocas semanas antes de su elección como papa, Juan Pablo II pronunció las palabras proféticas:

Nos encontramos ante la mayor batalla que la humanidad haya conocido jamás. No creo que la comunidad de los cristianos la haya comprendido del todo. Hoy nos encontramos ante la lucha final entre la Iglesia y la anti-Iglesia, entre el Evangelio y el anti-Evangelio.17

17 Habrá una iglesia falsificada. Una iglesia será la Iglesia de Cristo, y el falso profeta erigirá la otra. La iglesia falsa será mundana, ecuménica y global. Se tratará de una asociación laxa de iglesias y religiones. […] La iglesia falsa estará vacía de todo contenido divino; será el cuerpo místico del Anticristo. (Arzobispo Fulton Sheen, Der Kommunismus und das Gewissen der westlichen Welt, Berlín 1950)

La mujer vestida de sol

La mujer vestida de sol

La Iglesia del Redentor y el dragón

En esta vida pasajera nos encontramos en una lucha espiritual, que es seguida con la mayor atención, por una parte, por Dios y por innumerables ángeles y santos del cielo y, por otra, por Satanás y todo su séquito. Solo que hay una diferencia decisiva: el cielo lo pone todo en juego para ganarnos para el amor eterno, y el infierno quiere precipitarnos en el odio eterno.18

18 Como este enemigo es un espíritu puro e incorpóreo, al que ninguna actividad fatiga, es tan diligente en la persecución que empieza desde el primer instante de la existencia de un hombre en el seno materno y no abandona la lucha hasta que el alma se separa del cuerpo. […] Para ello se sirve de nuestros sentidos, facultades del alma, inclinaciones y pasiones. «Hija mía, es imposible describir la envidia, la maldad y la astucia de Lucifer y de sus demonios contra los hombres. […] Así como el cielo se alegra de cada buena obra, así también en el infierno los espíritus malignos se alegran cuando los hombres pecan.» (Leben der Jungfrau und Gottesmutter Maria, vol. 4, p. 192, p. 209–210)

En el Apocalipsis, san Juan describe la lucha de Satanás19 contra el pueblo de Dios como una lucha entre un dragón rojo fuego (Ap 12,3), al que viene en ayuda una bestia monstruosa que sale del mar (Ap 13,1) con diez cuernos y siete cabezas, y una segunda bestia (Ap 13,11) que sale de la tierra, que tiene dos cuernos como de cordero, pero habla como un dragón. Ellos luchan contra el pueblo de Dios, que se describe así:

Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Ap 12,1

La Iglesia, el pueblo de Dios, está simbolizada por la santísima Virgen María, la Madre de la Iglesia. Aquí se prosigue el hilo conductor que atraviesa la Biblia desde el comienzo:

Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia. Gén 3,15

19 Cuando los ángeles manifestaron su voluntad, eso valió para siempre. Con su entendimiento vieron todas las consecuencias y dieron su asentimiento. La tradición opina que el orgullo de Lucifer [Satanás] y de sus seguidores fue tan poderoso que prefirieron el yo – «Yo soy Yo», dijo Lucifer –, y entonces, en medio de esta prueba, dijo uno de los ángeles de rango más bajo, san Miguel, que pertenecía al penúltimo coro: «Qui ut Deus?» – «¿Quién como Dios?». Y con esta palabra humilde, san Miguel arrojó del cielo al abismo a Lucifer y a sus seguidores. (Christus vinCit, Bischof Athanasius Schneider im Gespräch mit Diane Montagna, Kißlegg, 2020, p. 416)

Esta lucha entre Satanás y María se libra en la tierra, de manera representativa, a través de la Iglesia y de las fuerzas hostiles a Dios y a la Iglesia: el dragón rojo bajo la forma del comunismo marxista y las dos bestias, la masonería y la masonería eclesiástica infiltrada en la Iglesia.20 Esta última es la bestia de dos cuernos que parece un cordero y que ha penetrado hasta las cumbres de la Iglesia.21 Su objetivo principal es la destrucción de la Iglesia católica romana mediante un falso ecumenismo, con el fin de fundar una Iglesia universal formada por la unión de todas las confesiones cristianas.22

20 El santo P. Maximiliano M. Kolbe fue uno de los adversarios más decididos de la masonería y del sionismo internacional, porque reconoció con claridad su táctica diabólica en la lucha contra la Iglesia católica: El enemigo principal, el más grande y el más poderoso de la Iglesia es la masonería. (María – Der Eckstein de Dr. med. Hans Salmen, Lauerz 1995, p. 51.)

21 Ya en el año 1846 lloró la Madre de Dios en La Salette por la situación interna de la Iglesia y por la gran apostasía de la fe, de la que habló a los dos pastorcillos: Las cabezas, los guías del pueblo de Dios, han descuidado la oración y la penitencia, y el demonio ha oscurecido su entendimiento. […] El número de sacerdotes y religiosos que se separarán de la verdadera religión será grande; entre estas personas se encontrarán incluso obispos. […] La Iglesia atravesará una crisis terrible. Como la santa fe en Dios ha caído en el olvido, cada uno quiere guiarse a sí mismo y situarse por encima de sus semejantes. (Ibíd., p. 150–153)

22 Esta situación lamentable la vio también la beata Ana Catalina Emmerick (1774–1824): ¡Construyen una extraña iglesia, una verdadera comunidad de impíos! ¡El redil arde por todas partes! ¡Y los pastores! Vi una inmensa multitud de personas ocupadas en derribar la basílica de San Pedro. Pero vi también a otros que la reparaban. […] Había sobre todo muchos miembros de sectas y apóstatas. Como según regla y norma, derribaban personas que llevaban delantales blancos con bordes azules y bolsillos y tenían paletas de albañil en el cinturón. […] Para mi horror, también había sacerdotes católicos entre estos masones. (Ibíd., p. 28)

El objetivo principal en todo ello es la eliminación del santo sacrificio de la Misa, la abolición del Santísimo Sacramento del altar, en el que Jesucristo está presente, oculto y velado, con su divinidad y su humanidad.23

La Eucaristía es el pararrayos divino que desvía los rayos de la justicia divina. Como una madre tierna y amorosa estrecha a su hijo contra el pecho, lo rodea con sus brazos y lo cubre con su cuerpo para salvarlo de la ira de un padre airado, así Jesús multiplica Su presencia en todas partes. Cubre el mundo y lo abarca con Su presencia benigna. San Pedro Julián Eymard

23 Cf. Der letzte Kampf zwischen Licht und Finsternis, de Paul Josef Jakobius, Altötting 2010.

La marca de la bestia

Y hace que a todos, pequeños y grandes, se les ponga una marca en la mano derecha o en la frente, de modo que nadie pueda comprar ni vender si no tiene la marca, el nombre de la bestia o la cifra de su nombre. […] Su cifra es seiscientos sesenta y seis (666). El que adore a la bestia y a su imagen y reciba su marca en la frente o en la mano, ese beberá del vino del furor de Dios. […] ¡Aquí se requiere la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús! Ap 13,16-18; 14,9-12

Hace ya más de dos mil años advirtió el santo apóstol Juan contra una vigilancia total de la humanidad por la bestia y su falso profeta, cuyo nombre es la cifra bíblica 666, al que también se conoce como el Anticristo. Quien busca con corazón sincero, a la luz del Espíritu Santo, el sentido de este pasaje profético, puede descubrir con seguridad la verdad a la vista de los acontecimientos mundiales. Pues el plan para imponer un nuevo orden mundial (novus ordo saeculorum)24, marcado por leyes e ideologías anticristianas, unido a una creciente vigilancia de la humanidad y a la restricción de sus derechos fundamentales, se revela cada vez con más claridad.

Si nos preguntamos por qué el mal ha podido crecer de manera tan amenazante, basta con mirar la historia de la salvación. En cuanto el hombre se separa de Dios y se enreda en el pecado grave, abandona la zona protegida por Dios que garantizan los mandamientos y se entrega a las maquinaciones del mal, y con ello a su desgracia. Ya en el Antiguo Testamento se queja Dios dolorosamente por boca del profeta:

Si hubieras atendido a mis mandatos, tu bienestar sería como un río, tu justicia como las olas del mar. Is 48,18

24 El concepto novus ordo saeculorum es el código ideológico y programático del gobierno de un solo mundo. La masonería formula como su objetivo esencial y último la instauración de un novus ordo saeculorum, un nuevo orden social y político a escala global, para imponer a los hombres, de forma dictatorial, la indiferencia religiosa y el sincretismo (mezcla de diversas religiones), la perversión moral y una política radicalmente anticristiana y, sobre todo, anticatólica. Un orden social así apunta en última instancia a la veneración y adoración del hombre, la forma más radical de ateísmo. (Christus vinCit, p. 285)

La mayoría de las personas en el antiguo Occidente cristiano se han vuelto ciegas, en las últimas décadas de bienestar, para la fe verdadera y se han creado dioses propios: posesiones, dinero, placer, el yo egoísta25 y la interminable serie de vicios y pecados que van unidos a ello.26 Tras su conversión, la famosa odontóloga Gloria Polo declaró: Cuando pecamos, compramos en el supermercado del diablo, y tenemos que pagar caro esta mercancía.

25 Santo Tomás de Aquino explica en su Summa theologiae, I-II, q. 77, a. 4: El amor desordenado a sí mismo es el origen de todo pecado. Y para santa Catalina de Siena el amor propio es la fuente de todo mal y la ruina de todo bien. La lucha contra este vicio fundamental atraviesa toda su obra escrita. El amor propio reina allí donde no se practica el amor a Dios ni el amor al prójimo y el yo está en el centro (egoísmo, egocentrismo).

26 Sobre las deformaciones de nuestro tiempo escribe Gabriele Kuby: Van contra la naturaleza del hombre y contra la familia. Se impide la concepción de los niños; se matan niños antes del nacimiento si no son deseados; se producen niños en el laboratorio si son deseados; se defrauda a los niños en su origen; se congelan niños como embriones y se consumen en la investigación; se gestan niños en un vientre alquilado; niños son comprados por parejas del mismo sexo y criados por ellas; los niños son entregados desde la lactancia al cuidado colectivo de terceros; los niños son sexualizados ya en el jardín de infancia; los niños son entregados a la pornografía; los niños se convierten en víctimas de divorcios; los niños son privados de su libertad. Una sociedad tan debilitada no tiene futuro, a no ser que vuelva a Dios. (Kirche heute n.º 11, 2020, p. 10–12)

Pero las consecuencias del pecado (el sufrimiento) alcanzan también a los inocentes, que, como Job, los inocentes niños de Belén y muchos otros, están incluidos de manera especial en la obra de la redención junto con el inocente Cordero de Dios.

Si nos preguntamos ahora qué podemos hacer, en esta época tan difícil, por nosotros mismos y en representación de toda la humanidad, la Sagrada Escritura nos aconseja lo que más agrada a Dios:

¡Conversión, oración, penitencia! Penitencia significa aceptar todas las pequeñas cruces de cada día y también realizar el trabajo en espíritu de penitencia. Palabras de la Madre de Dios en Montichiari, 1947
Si mi pueblo, sobre el que es invocado mi Nombre, se humilla, ora, me busca y abandona su mala conducta, yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra. 2 Cr 7,14

También surge la pregunta de qué sucede con los creyentes que no se someten a las legislaciones anticristianas y dictatoriales y que, por ello, son sancionados en la vida social.

La Biblia da la respuesta: Levántate y mide el santuario de Dios y el altar, y a los que están adorando en él. Pero el atrio exterior del santuario déjalo fuera y no lo midas, porque ha sido dado a los gentiles, y pisotearán la ciudad santa durante cuarenta y dos meses. (Ap 11,1-2)

Que el templo sea medido y los adoradores sean contados significa que, en la persecución de los últimos tiempos, la comunidad cristiana, el pequeño rebaño, los demás descendientes de María estarán bajo la protección especial de Dios. (Cf. Ap 12,17)

Muchas señales indican también que en esta época se producirán milagros semejantes a los que vivieron los israelitas en su salida de Egipto.27

Que se alegren los que se acogen a ti, con júbilo eterno; protégelos, para que se llenen de gozo los que aman tu nombre. Sal 5,12

27 Cf. Der letzte Kampf zwischen Licht und Finsternis.

Si estás enfermo y tienes dolores, si te atormentan pensamientos pecaminosos y dudas, pronuncia entonces con fuerza el nombre de Jesús o piensa en Él. En peligros, en sobresaltos, en casa o en el camino, dondequiera que te encuentres, pronuncia el nombre de Jesús, el nombre de nuestro Redentor, y no solo con la boca, sino también con el corazón y con reverencia, porque este nombre da fuerza. San Lorenzo Justiniano

En el ejército de Nuestra Señora

La mujer vestida de sol, tal como se describe en el Apocalipsis, avanza como arquetipo y madre de la Iglesia a la cabeza del ejército contra las potencias hostiles. Con amor maternal protege a sus hijos, que aún se encuentran en medio de la prueba de esta vida terrena. Pero no debemos olvidar que María, en esta gran batalla, en la que se trata de salvar a tantas almas inmortales, necesita también nuestra ayuda.

En septiembre de 1961, el postulador del proceso de beatificación de Jacinta y Francisco trajo un mensaje importante de sor Lucía, a la que visitó en el Carmelo de Coímbra con permiso del Santo Padre. Sor Lucía estaba muy afligida y habló de la profunda tristeza de la Madre de Dios, porque tan pocos se preocupan por su mensaje de 1917. Incluso los fieles prestan demasiado poca atención a sus indicaciones, y los malvados siguen su camino hacia la perdición. Padre, diga a todos lo que la Madre de Dios me ha dicho muchas veces: Muchas naciones desaparecerán de la faz de la tierra. Rusia será el azote que Dios escoge para castigar a los hombres, si no conseguimos con nuestra oración y los sacramentos la gracia de la conversión.28 La Madre de Dios explicó además a sor Lucía que los últimos medios de ayuda que se dan al mundo son el Rosario29 y la veneración de su Inmaculado Corazón. En estas palabras de la Madre de Dios resplandece de nuevo para nosotros el mensaje central de Fátima: Ya no se debe ofender más a Dios, Nuestro Señor, que ya ha sido tan ofendido. (13 de octubre de 1917)

El Rosario hace que la virtud y las obras de piedad florezcan de nuevo. Por él se concede a las almas la plenitud de las misericordias divinas. Convertirá los corazones, y comenzarán a despreciar lo terrenal, a amar lo celestial y a progresar rápidamente. Muchas almas serán salvadas por el Rosario. De las promesas de la Madre de Dios al beato Alano de la Roche
Es Mi deseo más ardiente que se difunda la veneración y la devoción al Inmaculado Corazón de María, porque este corazón es el imán que atrae las almas hacia Mí, el hogar de fuego que envía a toda la tierra los rayos de Mi luz y de Mi amor, y la fuente inagotable que hace descender sobre la tierra las aguas vivas de Mi misericordia. Palabras de nuestro Señor Jesucristo a sor Lucía

28 Sabe, hija mía, que todos los sacramentos confiados a la santa Iglesia, en especial la santa Eucaristía, son armas poderosas para frustrar los ataques infernales y sembrar el terror en todos los diablos. Por eso mi santísimo Hijo los instituyó. Pero si hoy las almas ya no experimentan esta fuerza y este efecto, la causa es que les falta el debido respeto y aprecio con que deberían tratarlos y recibirlos. Tenlo por seguro: las almas que reciben los santos sacramentos con devoción y reverencia son terribles para los espíritus infernales. Poseen un gran poder y una fuerza enorme sobre Satanás. (Leben der Jungfrau und Gottesmutter Maria, vol. 4, p. 351)

29 Cuando el cardenal Kracziwitz, en 1981, estaba con algunos sacerdotes y fieles en audiencia con el papa Juan Pablo II, el Santo Padre sacó el rosario y dijo: «Este es el exorcismo que también pueden rezar los laicos». Los presentes se sorprendieron; entonces el papa dijo: «Para que no quede duda: ¡yo confiero al rosario el poder del exorcismo!»

María, Reina de los santos ángeles

María, Reina de los santos ángeles

A la Reina de los santos ángeles

Augusta Reina de los Cielos y Soberana Señora de los Ángeles, tú, que desde el principio recibiste de Dios el poder y la misión de aplastar la cabeza de Satanás, te suplicamos humildemente que envíes tus legiones celestiales para que, bajo tus órdenes, persigan a los demonios, los combatan en todas partes, repriman su audacia y los precipiten al abismo. «¿Quién como Dios?» Oh buena y tierna Madre, ¡tú serás siempre nuestro amor y nuestra esperanza! Oh Madre de Dios, envíanos a los santos ángeles para que nos defiendan y alejen de nosotros al enemigo malo. Santos ángeles y arcángeles, ¡defendednos y protegednos! Amén.30

30 El 13 de enero de 1864, el fundador de la Congregación de las Siervas de María, el padre Cestac (1801–1868), se sintió de pronto sacudido, como por un rayo de claridad divina, en el santuario de Nuestra Señora del Refugio, en Anglet (Pirineos). Vio a los demonios esparcidos por todo el mundo y causando en todas partes daños indecibles. Al mismo tiempo tuvo una visión de la santísima Virgen María, que le dijo que, en efecto, los demonios estaban desatados en todo el mundo. Por eso había llegado la hora de invocarla como Reina de los ángeles y de pedirle que enviara legiones de santos ángeles para combatir a los poderes del infierno. «Madre mía», dijo el sacerdote, «tú eres tan buena, ¿no podrías enviarlos sin que se te pida?». «No», respondió la santísima Virgen, «la oración es una condición que Dios establece, también cuando se quieren recibir gracias». «Si es así, Madre mía, ¿querrías enseñarnos cómo hay que rezar?». Entonces recibió de la santísima Virgen la oración «Augusta Reina», y la difundió por todo el mundo con la aprobación del obispo. Esta oración, acompañada de gracias extraordinarias, fue recomendada por el papa Pío IX y enriquecida por León XIII y Pío X con la concesión de una indulgencia plenaria.

Cuando experimentes que esta vida terrena es más un ir a la deriva entre olas, viento y tiempo que un caminar sobre tierra firme: no apartes tus ojos de la luz de esta estrella, para que no te hundas en las tempestades.

Cuando soplen los vientos de las tentaciones, cuando seas arrojado entre los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, ¡invoca a María! Cuando te eleven las olas del orgullo, de la ambición, de la calumnia, de los celos, ¡mira a la estrella, invoca a María!

Cuando la ira, la codicia o la concupiscencia de la carne sacudan tu alma, ¡mira a María!

Cuando el peso de los pecados te oprima y el oprobio de la conciencia te llene de vergüenza, cuando te espante el rigor del juicio, cuando estés a punto de ser tragado por la tristeza abismal y la desesperación, ¡piensa en María!

Si ella te sujeta, no caerás. Si te protege, no temas nada. Si te guía, no te cansarás. Si te es propicia, llegarás a la meta y experimentarás por ti mismo cuán acertado es lo que se dice: Y el nombre de la Virgen era María, estrella del mar.

San Bernardo de Claraval
El Cordero en el monte Sión

El Cordero en el monte Sión

El reino del Cordero

Miré y he aquí que el Cordero estaba de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban grabados en la frente su nombre y el nombre de su Padre. Ap 14,1

El número 144.000 simboliza la totalidad de los que serán salvados y alude a los cristianos que siguen al Cordero adondequiera que vaya, es decir, que viven en el seguimiento de Cristo. El 12 es el número de las tribus de Israel, el 1000 el número de la plenitud. En su frente vio Juan escrito el nombre de Su Padre, allí donde los servidores de la bestia llevaban la marca de la bestia. El nombre del Cordero, Jesús, aquí contemplado, cuya cifra es 888, se opone a los adoradores de la bestia, que llevaban en la frente la cifra 666. Como nombre del Padre, Juan habrá visto en su frente el nombre Yahveh (El que es). Los nombres en la frente son símbolos de la entrega de los cristianos a Dios y a Cristo. El sello impreso es, por tanto, el acto del bautismo aceptado con fe y que, por eso, imprime su marca en el pensamiento (la frente). Por eso se alude aquí también al bautismo cristiano, que se administra en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. (Mt 28,19)

El bautismo de Cristo en el Jordán

El bautismo de Cristo en el Jordán

Son los que no se contaminaron con mujeres, porque son vírgenes. Siguen al Cordero adondequiera que vaya. Estos fueron rescatados como primicias de los hombres para Dios y el Cordero. Ap 14,4

El término «prostituta» designa en el Apocalipsis a la Roma idólatra. Por eso el concepto contrario, «virgen», designa al pueblo cristiano fiel, que un día se «desposará» con Cristo. «Virgen» tiene aquí, pues, un sentido espiritual: se refiere a todos los cristianos, casados o solteros, que, como primicias en el sentido de la calidad y sin referencia al tiempo, viven en entrega fiel a su «desposorio con Dios», sin cometer «fornicación» con los dioses paganos con miradas de reojo o concesiones. (Cf. Dt 5,6) No coquetean con la falsa iglesia ecuménica ni se dejan influir por corrientes esotéricas u otras religiones.31

31 Cf. Die Offenbarung des Johannes, de Dr. Ludwig Neidhart, Augsburgo 2019.

Cuando la Sagrada Escritura nos asegura: Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra (Sal 124), podemos confiar firmemente en que Dios nos concederá en esta lucha espiritual la gracia de permanecer fieles a Él y de confesar con valentía la verdadera fe católica. Cuanto más se blasfeme y se deshonre el nombre de Dios, tanto más queremos glorificar el Santísimo Nombre del Señor con una vida cristiana e invocarlo con confianza.

Y cuando veamos u oigamos decir o hacer el mal o blasfemar contra Dios, nosotros bendigamos y hagamos bien y alabemos a Dios, que es bendito por los siglos. San Francisco de Asís

La Flecha de Oro

Sea por siempre alabado, bendito, amado, adorado y glorificado el altísimo, adorabilísimo e inefable Nombre de Dios en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, por todas las criaturas salidas de la mano de Dios, y por el Sacratísimo Corazón de Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar. Amén.32

La veneración del Sacratísimo Corazón de Jesús

La veneración del Sacratísimo Corazón de Jesús

Oración indulgenciada al Santísimo Nombre de Jesús

¡Buen Jesús, según tu gran misericordia, ten piedad de mí! Jesús clementísimo, por la Sangre preciosa que derramaste por los pecadores, te suplico: ¡lávame de todas mis maldades y mira con bondad a este pobre e indigno hombre! Invoco tu Santísimo Nombre. Sálvame, pues, amado Jesús, por el amor de tu Santísimo Nombre. Amén.

32 El divino Salvador dijo en cierta ocasión a la sierva de Dios sor María de San Pedro: «La blasfemia es una flecha envenenada que hiere Mi Corazón. Quiero darte una Flecha de Oro que repare la deshonra y la blasfemia contra el Santísimo Nombre de Dios». Después de recibir esta oración, Sor María de San Pedro tuvo una visión divina en la que vio el Sacratísimo Corazón de Jesús tiernamente herido por esta Flecha de Oro. Entonces brotaron de él torrentes de gracias para la conversión de los pecadores. Modo de rezarla: se reza tres veces en honor de la Santísima Trinidad; indulgencia parcial, 15 de abril de 1881, tomada de: Handbuch der Erzbruderschaft vom Heiligsten Antlitz Unseres Herrn nebst dem kleinen Offizium vom Heiligsten Namen Gottes, del abate Désiré Janvier, traducido del francés, Tours 1887, p. 186.

Crucifixión de Cristo

Crucifixión de Cristo

La pasión del cuerpo místico de Jesús

Orad por la Iglesia, por el mundo, por todos. Toda la cristiandad está incluida en la oración de Jesús. Si rezáis solo por vosotros mismos, significa que no sois desinteresados. Pero si rezáis por la Iglesia, vosotros mismos sois la Iglesia. En la Iglesia está Cristo, unido a ella, así como con el Padre y el Espíritu Santo. La Santísima Trinidad y la Iglesia son uno. San Porfirio, el Geronta

La Iglesia edificada sobre Pedro es la única que fundó Jesús. Y precisamente por eso es criticada, perseguida y atacada. Sobre este hecho habla Blaise Pascal en sus Pensées: Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo. No hay que dormir durante ese tiempo.

La apostasía de hasta ahora es solo la punta del iceberg. La gran apostasía llega cuando el falso ecumenismo masónico logre apartar a los fieles del magisterio de la Iglesia católica. Entonces la puerta estará abierta de par en par para la aparición del hombre con la cifra 666, porque casi todos seguirán al falso Cristo y a la falsa Iglesia.

El cuerpo místico de Jesús sufrirá la misma suerte que el propio Señor: persecución, desprecio, crucifixión, muerte, pero también resurrección. La Iglesia recorre el mismo camino. Será la gran purificación del mundo, de la humanidad y de la Iglesia, pero será al mismo tiempo el nuevo Pentecostés.33

En su nuevo libro Christus vincit, el obispo auxiliar Athanasius Schneider escribe:

Cristo en el Huerto de los Olivos, confortado por un ángel

Cristo en el Huerto de los Olivos, confortado por un ángel

A partir de las circunstancias de la pasión de Cristo podemos comprender el sentido espiritual, incluso místico, de los sufrimientos de la Esposa de Cristo, la Iglesia. La crisis actual dentro de la Iglesia es la forma más profunda del sufrimiento, porque la Iglesia no es perseguida, azotada, despojada de sus vestiduras y escarnecida por sus enemigos, sino en gran medida por sus pastores, por muchos que son sucesores de los apóstoles.34 […]

Cuando Cristo sufría en Getsemaní, fue confortado por un ángel. Es un profundo misterio: Dios, en Su naturaleza humana, quiso ser consolado y fortalecido por una criatura. En esta enorme crisis espiritual que vivimos dentro de la Iglesia, Cristo es consolado y fortalecido por las almas que permanecen fieles a la fe católica no adulterada, por las almas que no abandonan al Cristo sufriente, a la Madre Iglesia sufriente, ni huyen.

El consuelo y la fortaleza que Cristo recibió del ángel en Getsemaní contenían ya todos los actos de expiación y satisfacción de todas las almas fieles en toda la historia de la Iglesia. Tantas almas sufren hoy, sobre todo en los últimos cincuenta años, a causa de la monstruosa crisis de la Iglesia.

34 Nuestros muros de iglesia rezuman el misterio de la traición … Vivimos el misterio de la maldad, de la traición – el misterio de Judas … En todas partes se ha infiltrado el mal de un activismo ávido de eficacia … Tratamos de imitar la organización de grandes empresas y olvidamos que solo la oración es la sangre que fluye por las venas de la Iglesia … Quien ya no reza ha cometido ya traición. Está dispuesto ya a todas las concesiones al mundo: va por los caminos de Judas. (Cardenal Robert Sarah, Herr, bleibe bei uns, Kißlegg 2019)

Lo más precioso son los sufrimientos ocultos de los pequeños, de aquellas personas que el establishment eclesiástico liberal, mundano e incrédulo ha arrinconado al margen de la Iglesia. Sus sufrimientos son preciosos, pues consuelan y fortalecen a Cristo, que en nuestra actual crisis dentro de la Iglesia sufre místicamente. […]

Niños, jóvenes, familias, religiosos, sacerdotes, obispos y cardenales que permanecen fieles a Cristo, que conservan la fe católica no adulterada, que viven una vida de castidad y de humildad, son entonces los puros y pequeños de la Iglesia. Las siguientes palabras de san Pablo, referidas al alma de cada uno, se refieren exactamente a la Iglesia y sobre todo a la Iglesia de nuestros días: Si sufrimos con él, seremos también glorificados con él. (Rom 8,17)35

Vuestro deseo ardiente debe ser este: que el mundo sea santificado y que todos los hombres pertenezcan a Cristo. Entonces entraréis en la Iglesia, viviréis en la alegría del paraíso, en Dios, porque la plenitud de la divinidad vive en la Iglesia. San Porfirio, el Geronta

35 Christus vincit, p. 440–443.

Ángel de la guarda con niños

Ángel de la guarda con niños

En la escuela de los santos ángeles

Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado. Hazle caso y obedécele. No te rebeles, porque lleva mi nombre y no perdonará tus rebeliones.36 Éx 23,20-22

36 Mi ángel de la guarda personal me fue dado solo a mí, y es un ser espiritual muy poderoso, que siempre está en la presencia de Dios y que, durante la prueba de los ángeles, permaneció fiel a Dios, cuando algunos de sus hermanos se apartaron de Dios junto con Lucifer. Mi ángel de la guarda y todo ángel de la guarda reconoció a Cristo en el espíritu de humildad y de servicio. Por eso cada ángel anhela ardientemente llegar a ser algún día un ángel de la guarda humilde y servicial de un ser humano. Cada ángel sueña con inclinarse. Su «carrera soñada» consiste en ser pequeño, descender y no ascender, como suelen desear los hombres en sus sueños de carrera. (Christus vincit, p. 416, 417)

Los tres pastorcillos de Fátima: Lucía, Francisco y Jacinta

Los tres pastorcillos de Fátima: Lucía, Francisco y Jacinta

¿Qué hacéis?

Antes de que María se apareciera en Fátima en 1917, los tres videntes Lucía, Francisco y Jacinta fueron preparados para esta gran gracia en 1916 mediante tres visitas de un ángel del Señor. En su segunda aparición, el ángel dijo a los niños, absortos en su juego, las palabras concisas:

«¿Qué hacéis?» Esta pregunta «¿Qué hacéis?» de boca del ángel es extraordinariamente profunda y encierra para cada uno de nosotros un mensaje poderoso y una pregunta decisiva:

¿Qué hacemos con nuestro talento de la vida? ¿Lo malgastamos jugando en el arenero de la caducidad, o tocamos ante Dios el verdadero canto de amor, como María, la Madre de Dios, de la que se dice:

Día tras día lo alegraba, todo el tiempo jugaba en su presencia … Pr 8,30

Esta es una palabra que se extiende como un arco iris por encima del cielo de nuestros conceptos, y solo un espíritu que pueda volar alto y lejos reconocerá claramente esta palabra. Por «jugar» podemos entender nosotros, los hombres, en sentido figurado, el deleite de Dios, el embeleso de Dios con María, ya por su mismo ser ante Dios. Ella es como un cristal de mil destellos, que en cada superficie de corte ofrece una perspectiva distinta, y que hace prorrumpir a ángeles y hombres en júbilo y adoración de Dios.

Y si queremos bajar esta palabra a la tierra y comprenderla correctamente, podemos decir que lo que para María, la sin pecado, fue un «jugar», para nosotros cuesta bastante esfuerzo y debería traducirse así: «¡Es nuestra delicia estar cada día ante Dios en adoración y en un celo incansable por todo lo bueno, lo querido por Dios y lo que conduce a Dios!». Si queremos pensar siempre solo en Dios, deleitarlo siempre con una pequeña prueba de amor – en forma de un sacrificio llevado con alegría, en forma de un nuevo don – y volver siempre a Él como la pelota a la mano del niño, entonces también nuestra vida es un ser amante ante Dios, un jugar del niño de la mano de la Madre María. ¿Qué es nuestro obrar aquí en la pequeña tierra, medido por la eternidad? ¿No parece un jugar?

Pero Dios toma muy en serio este nuestro «jugar». Nos ha dado un ángel a nuestro lado en cada paso, para que nuestro pie no tropiece, y él «juega» ante Dios, juega la canción de nuestra vida, de nuestro amor a Dios; canta para nosotros el Gloria, el Credo, el Sanctus, el Agnus Dei y el Domine non sum dignus; toca en el arpa nuestro júbilo. Cada modo de ser nuestro es una cuerda. Cuando suena para Dios, nuestro ángel lleva nuestro acto de voluntad, transformado en un tono, como una canción, a nuestro Señor: nuestro amor, nuestro esfuerzo, nuestra obediencia, nuestra disposición, nuestro sí, nuestro silencio y nuestro perdón.

Y ahora volvamos una vez más a la pregunta del ángel «¿Qué hacéis?» y a su encargo muy concreto para cada uno de nosotros:

¡Rezad, rezad mucho! Los Corazones de Jesús y de María tienen designios de misericordia sobre vosotros. Ofreced al Altísimo oraciones y sacrificios incesantes.
Haced de todo lo que podáis un sacrificio, para reparar por los pecados con que Él es ofendido e implorar la conversión de los pecadores. […] Sobre todo, aceptad el sufrimiento y soportad con sumisión lo que el Señor os envíe.
Te alabaré de todo corazón, Dios mío; daré gloria a tu nombre por siempre. Sal 86,12
Coros de los santos ángeles

Coros de los santos ángeles

Oración de alabanza de los santos ángeles a la Santísima Trinidad

¡Salve, Soberano eterno, Dios vivo, el que siempre has sido, Juez temible y justo, Padre siempre bondadoso y misericordioso! A ti, de nuevo y por siempre, adoración, alabanza, honor y gloria por medio de tu Hija vestida de sol, nuestra admirable Madre.

¡Salve, Dios hecho hombre inmolado, Cordero sangrante, Rey de la paz, Árbol de la vida, tú, nuestra Cabeza, Puerta al Corazón del Padre, engendrado desde la eternidad del Viviente, que reinas por los siglos con el que Es! A ti, de nuevo y por siempre, poder, gloria, grandeza, adoración, reparación y alabanza por medio de la inmaculada que te dio a luz, nuestra admirable Madre.

¡Salve, Espíritu del Eterno, que siempre derramas santidad, que obras desde la eternidad en Dios! Tú, torrente de fuego del Padre al Hijo, tú, tempestad impetuosa que soplas fuerza, luz y ardor en los miembros del Cuerpo eterno. Tú, llama eterna de amor, Espíritu de Dios que das forma en los vivientes, tú, rojo río de fuego del Siempre Viviente hacia los mortales. A ti, de nuevo y por siempre, poder, gloria y belleza por medio de tu Esposa coronada de estrellas, nuestra admirable Madre.37

37 Esta admirable oración de alabanza fue rezada por una multitud incontable de santos ángeles en la última aparición de la Madre de Dios en Marienfried, el 25 de junio de 1946. Imprimatur: Augsburgo, 27 de octubre de 1966. «Es un eco de aquel canto apocalíptico que entona la gran muchedumbre que nadie puede contar, postrada ante el trono junto con los ángeles y los ancianos». (De una homilía festiva del obispo Dr. Rudolf Graber en Marienfried)

Ángel de la guarda conduce a un niño (cuadro de Pietro da Cortona)

Ángel de la guarda conduce a un niño (cuadro de Pietro da Cortona)

Consagración al ángel de la guarda

Santo ángel de la guarda, tú que contemplas siempre el rostro de nuestro Padre del cielo, Dios me confió a ti desde el comienzo de mi vida. De corazón te doy gracias por tu amoroso cuidado. A ti me entrego y te prometo mi amor y mi fidelidad. Te pido que me protejas de mi propia debilidad y de los ataques de los espíritus malignos. Ilumina mi mente y mi corazón para que reconozca y cumpla siempre la voluntad de Dios; y guíame a la unión con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.38

38 La tarea principal de los santos ángeles es la alabanza de Dios. Pero también han sido encargados por Él de librar la gran batalla contra Satanás y todos los espíritus malignos, bajo el mando de la santísima Virgen. Su posición es, pues, esencial en los planes victoriosos de la mujer vestida de sol frente al dragón rojo: Borracha de la sangre de los santos y de la sangre de los testigos de Jesús. (Ap 17,6) Y como ellos están siempre a nuestro lado en la lucha, para darnos fuerza y valor, vendar nuestras heridas y defendernos del Maligno, es importante permanecer siempre en su compañía.

¡Ven, Señor Jesús! – ¡Maranatha! Ap 22,20

El Santísimo Nombre de Jesús esté en mi corazón, esté en mi boca, esté en mi lengua.

El Santísimo Nombre de Jesús ilumine mi entendimiento, purifique mi imaginación, fortalezca mi voluntad.

El Santísimo Nombre de Jesús esté en mí, esté sobre mí, esté delante de mí, esté a mi lado, esté en todos mis pensamientos, palabras y obras.

El Santísimo Nombre de Jesús sea mi protección contra todos los malos asaltos y tentaciones.

El Santísimo Nombre de Jesús me guarde de todo pensamiento sombrío, de todo desánimo y desaliento.

El Santísimo Nombre de Jesús sea mi confianza inquebrantable, mi fuerza y mi fortaleza, mi esperanza y mi seguridad en la vida y en la muerte. Amén.

Verán su rostro, y su nombre está sobre sus frentes. Y ya no habrá más noche, y no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz de sol.
Porque el Señor Dios los iluminará y reinarán por los siglos de los siglos. Ap 22,4-5